Informados, pero no necesariamente conscientes

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Vivimos en una época marcada por una paradoja curiosa. Nunca habíamos tenido tanto acceso a información, y nunca había sido tan sencillo seguir la actualidad. Noticias en tiempo real, análisis inmediatos, resúmenes diarios, notificaciones constantes. Estar informado dejó de ser un esfuerzo excepcional para convertirse en parte de la rutina cotidiana, ahora con alcance global y casi inmediato.

En ese contexto, confiar en ciertos medios no solo es comprensible, sino razonable. Las personas buscan fuentes estables, reconocibles, con trayectoria, que ayuden a ordenar un mundo cada vez más complejo. Informarse, en ese sentido, no es solo un acto práctico, sino también una forma de cuidado: una manera de orientarse, de entender qué está pasando y de participar —al menos mínimamente— en la conversación pública.

Informados… realmente?

Uno de los rasgos más visibles del ecosistema informativo contemporáneo bien podría ser la producción de una sensación de suficiencia informativa. Titulares claros, relatos ordenados, explicaciones breves. El mundo parece inteligible. Complejo, sí, pero narrable, resumible. Esa experiencia —la de “estar al día”— resulta tranquilizadora y funcional. Probablemente no sea casual que genere también una cierta gratificación inmediata; hay, sin duda, dopamina involucrada.

Lo inquietante es que esa sensación de suficiencia tiende a instalarse sin que percibamos lo que podría estar ocurriendo en segundo plano. No sería la primera vez que un sistema informativo, eficaz en la superficie, termina ocultando dinámicas más profundas bajo la apariencia de normalidad, donde llegamos a ser inclusive protagonistas, sin saberlo o quererlo.

En efecto, una parte significativa de la población no se siente manipulada porque, en apariencia, no se siente desinformada. Lee diarios respetados, consume noticiarios consolidados, reconoce marcas mediáticas con décadas de trayectoria. No percibe propaganda; percibe normalidad.

El problema no es la ausencia de información, sino su forma, su encuadre, y el modo en que reduce la complejidad del mundo a narrativas digeribles.

Estar informado se confunde así con estar alineado. Con haber internalizado un relato que parece razonable, coherente y mayoritariamente compartido. Y cuando una versión es repetida suficientes veces desde múltiples plataformas, deja de sentirse como una interpretación y pasa a vivirse como realidad objetiva.

Simplificación, repetición y encuadre

En las dinámicas informativas actuales, no suele ser necesario recurrir a falsedades explícitas. La influencia se ejerce de manera más efectiva a través de la jerarquización de temas, la repetición y la simplificación de narrativas complejas.

Algunos temas aparecen todos los días. Otros desaparecen del radar. Algunos actores son presentados como responsables, serios, inevitables. Otros como inviables, radicales o peligrosos. No es necesario mentir sobre ellos; basta con no ofrecerles un marco de legitimidad.

La simplificación es clave. Los procesos políticos, económicos y geopolíticos se reducen a esquemas binarios: buenos y malos, responsables e irresponsables, estabilidad o caos. La complejidad —esa que obligaría a pensar más lento— se convierte en ruido. El resultado no es ignorancia, sino una visión estrecha del mundo, presentada como sentido común.

En ese contexto, la información deja de ser una herramienta para comprender y pasa a ser un instrumento para ordenar percepciones.

Conglomerados mediáticos y lógica corporativa

Antes de continuar, es importante aceptar una realidad que ha sido corroborada una y otra vez por hechos históricos documentados:
nada de esto ocurre en el vacío.

Los grandes medios comerciales no son entidades aisladas dedicadas exclusivamente a informar. Operan dentro de estructuras económicas concretas, forman parte de conglomerados con intereses definidos y mantienen relaciones —directas o indirectas, sanas y no tan sanas— con el poder político y corporativo.

En ese marco, la información deja de ser un fin en sí mismo y pasa a ser un activo estratégico. No necesariamente para mentir, sino para hacer funcional la realidad a determinados intereses. Algunas preguntas se vuelven incómodas. Algunos debates se diluyen. Algunas alternativas desaparecen antes de ser consideradas seriamente.

No se trata de una conspiración centralizada ni de instrucciones explícitas. Funciona, sobre todo, por alineamiento de incentivos. Lo que no conviene al ecosistema que sostiene al medio, rara vez encuentra espacio sostenido en su agenda.

Así, la noción de “prensa independienteconvive lastimosa e ingenuamente sin fricción con estructuras profundamente dependientes de intereses económicos y políticos. La independencia se vuelve una categoría formal, no necesariamente material.

Cuando la verdad aparece… demasiado tarde

Lo más inquietante de este sistema es que no necesita ocultar toda la verdad. De tanto en tanto, incluso los propios medios que consideramos confiables publican revelaciones duras: documentos desclasificados, abusos históricos, operaciones encubiertas, violaciones sistemáticas de derechos humanos.

La información llega a los oídos de la gente por los mismos canales en los que confía. Se lee. Se acepta. Y luego se archiva mentalmente como algo del pasado, sin consecuencias para el presente.

Aquí emerge una paradoja central:

sabemos cosas gravísimas
sobre cómo operó el poder con los medios
y aun así seguimos confiando
como si nada.

No es inocente. La revelación tardía cumple una función tranquilizadora. Refuerza la idea de que “el sistema funciona”, porque al final la verdad sale a la luz. Pero esa verdad sale cuando ya no incomoda, cuando no tiene responsables vivos, cuando no obliga a revisar decisiones actuales.

La verdad sin consecuencias se convierte en archivo. Y el archivo no transforma conciencias.

Los documentos hablaron

En América Latina, esta paradoja se vuelve especialmente visible.

Por ejemplo, la desclasificación posterior de muchos documentos oficiales permitió establecer que algunos medios no solo acompañaron ciertos regímenes de facto, sino que apoyaron, legitimaron y operaron —explícita o tácitamente— como aparatos de propaganda de dictaduras. No como errores aislados, sino como parte de arreglos estructurales entre poder político, económico y comunicacional.

En Chile, El Mercurio no fue simplemente un medio que “tomó posición”. Apoyó un golpe de Estado que rompió el orden constitucional y desconoció el voto de la mayoría, y lo hizo construyendo marcos narrativos que legitimaron esa ruptura. Décadas más tarde, documentos desclasificados confirmaron contactos, alineamientos y apoyos que, en su momento, fueron negados o relativizados.

En Argentina, Clarín no solo acompañó discursivamente a la dictadura de Videla, sino que consolidó un poder mediático oligopólico al amparo del terrorismo de Estado, controlando un insumo crítico como el papel para diarios. Allí, la propaganda no operó solo a través del contenido, sino mediante el control material de las condiciones de existencia de otros medios.

Estos hechos no son rumores ni interpretaciones militantes. Fueron investigados, documentados, judicializados y publicados. Están disponibles. Son parte del registro histórico.

Saber si, pero sin efecto

Y, sin embargo, rara vez estos antecedentes alteran la forma en que estos conglomerados son percibidos hoy como fuentes legítimas, neutrales o incluso morales del debate público.

Aquí está el núcleo del problema.

No es que no sepamos.
Es que llegamos a saber
pero no llegamos a integrarlo
dentro de nosotros

La información llega fragmentada, presentada como anomalía histórica. Se nos dice qué ocurrió, pero no se nos invita a preguntarnos qué dice eso sobre el funcionamiento estructural del sistema. El pasado queda clausurado como excepción. El presente, intacto.

Aceptar que medios considerados “serios” operaron como engranajes de dictaduras no es cognitivamente barato. Obliga a revisar confianzas, identidades, certezas morales. Es más fácil archivar el dato que convivir con lo que implica.

Propaganda sin gritos

Tal vez por eso la desinformación contemporánea es tan eficaz. No porque oculte todo, sino porque produce la ilusión de estar informados. Se nos entrega información suficiente para opinar, pero no para revisar los supuestos desde los que opinamos.

La propaganda moderna no grita. No censura de forma burda. Simplifica, repite, normaliza.

Y lo hace desde estructuras que se presentan como neutrales, profesionales, responsables. No desde la marginalidad, sino desde el centro del sistema.

Mirar el sistema informativo como un sistema de poder no implica negar el valor del periodismo ni desconocer el trabajo honesto de muchas personas que informan con rigor. Implica aceptar algo más básico —y más incómodo—: que los medios no son solo canales, sino actores; que operan dentro de estructuras económicas, políticas y culturales concretas; y que esas estructuras no desaparecen por el solo hecho de que la información sea verdadera o esté bien presentada.

Este no es un llamado a desconfiar de todo ni a retirarse del espacio informativo. Tampoco una invitación al cinismo fácil o a la idea de que “todo es propaganda”. Eso sería una salida cómoda, incluso tranquilizadora. El problema no es la información en sí, sino la forma en que la leemos y el lugar desde el cual la legitimamos.

La pregunta más valiosa

Durante décadas, hechos graves fueron ocultados, negados o relativizados. Más tarde, muchos de ellos fueron documentados, desclasificados y publicados. Sabemos que ocurrieron. Sabemos cómo operaron ciertos gobiernos. Sabemos cómo algunos medios acompañaron, legitimaron o facilitaron esos procesos. Y, sin embargo, esa información rara vez modifica de manera sustantiva la forma en que otorgamos confianza en el presente.

Cuando hechos confirmados no alteran nuestros marcos de lectura, el problema deja de ser informativo y pasa a ser cognitivo y político. No porque falten datos, sino porque aceptarlos en toda su profundidad exigiría revisar certezas que sostienen nuestra relación cotidiana con el poder, la autoridad y la normalidad.

Tal vez por eso la desinformación contemporánea no se impone como mentira, sino como comodidad. No nos priva de información; nos ofrece una versión del mundo lo suficientemente coherente como para no tener que cuestionarla. Nos permite opinar, indignarnos selectivamente, seguir adelante. Todo sin tocar los supuestos más profundos desde los cuales entendemos lo que es razonable, posible o inevitable.

Leer los medios como actores —y no solo como mensajeros— no resuelve el problema, pero cambia el punto de partida. Introduce una fricción necesaria. Obliga a preguntarse no solo qué se informa, sino desde dónde, para quién y con qué efectos acumulativos. Obliga, sobre todo, a aceptar que estar informados no equivale a estar a salvo de la influencia, y que la verdadera dificultad comienza cuando lo que sabemos deja de ser un dato histórico y empieza a interpelar nuestro presente y proyectar nuestro futuro.

Quizá ahí esté el desafío más incómodo de todos: no seguir esperando nuevas revelaciones que confirmen lo que ya sabemos, sino preguntarnos:

qué hacemos con ese conocimiento
una vez que deja de ser pasado
y se vuelve normalidad.

Ese, tal vez, sea el punto en el que informarse deja de ser suficiente. Serviría mucho comenzar a preguntarnos:

para que me estoy informando?
que haré con lo que descubrí hoy?

Esa es la pregunta valiente y el verdadero objetivo de informarnos.


Anexo Analítico — Medios comerciales en Chile y Argentina: concentración, pauta y documentos desclasificados

Si el argumento central de este texto es que estar informados no garantiza estar conscientes, entonces vale la pena cerrar con evidencia que no depende de interpretaciones: datos sobre concentración, incentivos económicos, documentación histórica y hallazgos consolidados de la investigación académica. No para “demostrar” una tesis, sino para ofrecer puntos de apoyo verificables desde los cuales releer el presente.

1) Concentración: cuando “pocos actores” no es una metáfora

En Chile, diversos estudios coinciden en describir uno de los niveles de concentración mediática más altos de América Latina. Informes del Consejo Nacional de Televisión (CNTV), de Reporteros Sin Fronteras (RSF) y de la OCDE han señalado que, según el sector, los principales operadores concentran más del 90% del mercado. En prensa escrita, la propiedad histórica de dos grandes grupos ha configurado un escenario cercano al duopolio durante décadas (CNTV; RSF, World Press Freedom Index).

En Argentina, el patrón es distinto pero igualmente concentrado. Estudios del ENACOM, del Reuters Institute for the Study of Journalism y de la Defensoría del Público muestran que cuatro conglomerados concentran una porción sustantiva de la audiencia multisoporte, con Grupo Clarín como actor dominante. En los últimos años, la convergencia entre medios y telecomunicaciones ha elevado la concentración desde la producción de contenidos hacia la infraestructura misma de distribución (Reuters Institute; OCDE).

Por qué importa: cuando un ecosistema informativo tiene pocos centros de gravedad, la pluralidad real tiende a reducirse incluso sin coordinación explícita. El resultado no suele ser una mentira única, sino una homogeneidad persistente de marcos narrativos.

2) Incentivos: la pauta también configura el relato

En Chile, análisis sobre publicidad estatal realizados por Chile Transparente, Fundación Datos Protegidos y reportes del propio CNTV muestran un aumento significativo del peso del Estado como avisador entre 2018 y 2023, pasando de cifras de un dígito a valores cercanos al 20% de los ingresos en algunos segmentos de la prensa. Un elemento clave es la intermediación: una parte relevante del gasto se canaliza a través de agencias, lo que dificulta reconstruir criterios editoriales y destino final de la pauta (Chile Transparente; CNTV).

En Argentina, la relación entre pauta oficial y línea editorial ha sido ampliamente documentada por la Auditoría General de la Nación, la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la CIDH y organizaciones como FOPEA. La distribución concentrada de pauta —y, más recientemente, su suspensión casi total a nivel nacional— ha generado impactos directos en la sustentabilidad de medios tradicionales, evidenciando la fragilidad del modelo económico (CIDH; FOPEA).

Por qué importa: sin necesidad de instrucciones explícitas, los incentivos económicos pueden promover autocensura, alineamientos o prudencia selectiva que se perciben como “naturales” porque no se anuncian como presión.

3) Documentos desclasificados: cuando la historia deja de ser sospecha

Hay un punto en que el análisis mediático deja de ser interpretativo y entra en terreno documental.

En el caso de Chile, documentos desclasificados por el Departamento de Estado de EE.UU., la CIA y recopilados por el National Security Archive registran reuniones entre funcionarios estadounidenses y el dueño de El Mercurio durante el período 1970–1973, incluyendo encuentros en Washington en el marco de la política hacia el gobierno de Salvador Allende. Esa misma documentación consigna autorizaciones de financiamiento encubierto y evaluaciones internas que reconocen el rol de ciertos medios en la preparación del escenario político previo al golpe de 1973 (National Security Archive; Informe Church del Senado de EE.UU.).

En Argentina, la desclasificación de decenas de miles de documentos por parte del Departamento de Estado y el Pentágono ha permitido reconstruir el funcionamiento de la dictadura (1976–1983), las operaciones del Plan Cóndor y el entorno comunicacional que acompañó ese período. Si bien estos documentos no sustituyen la historia local ni los procesos judiciales argentinos, sí confirman que el plano informativo fue considerado parte del teatro estratégico de poder (Department of State; National Security Archive).

Por qué importa: no se trata solo de “medios con opinión”, sino de momentos históricos en que medios y poder estatal —interno y externo— operaron como piezas conectadas.

4) Psicología y comunicación: por qué repetición y encuadre funcionan

La investigación académica ayuda a entender los mecanismos sin recurrir a teorías conspirativas:

  • Agenda-setting (McCombs & Shaw): fuerte correlación entre los temas priorizados por los medios y los que el público considera relevantes.
  • Priming (Iyengar & Kinder): la atención repetida a ciertos asuntos altera los criterios con que se evalúa liderazgo y desempeño político.
  • Framing (Entman): el encuadre selecciona aspectos de la realidad, sugiere causas, responsables y soluciones “razonables”.
  • Efecto de verdad ilusoria (Hasher, Goldstein & Toppino): la repetición incrementa la plausibilidad percibida de una afirmación.

Por qué importa: la influencia estructural no requiere fabricar falsedades evidentes; basta con repetición, selección y encuadre sostenidos en el tiempo.

5) La paradoja final: baja confianza… y exposición persistente

Encuestas del Edelman Trust Barometer, Latinobarómetro y el Reuters Institute sitúan la confianza en medios en Chile y Argentina en torno a un tercio o menos de la población. Al mismo tiempo, los mismos estudios muestran que la exposición informativa persiste: migra hacia plataformas digitales, redes sociales y marcas dominantes, sin que disminuya la influencia de los grandes actores.

Por qué importa: el problema contemporáneo no es solo “creer todo”, sino vivir expuestos a marcos reiterados mientras sentimos que somos inmunes a ellos.

Este anexo no busca clausurar el debate, sino fijar un punto de partida: existe evidencia económica, histórica y cognitiva suficiente para leer el ecosistema informativo no solo como un canal de noticias, sino como un sistema de poder con incentivos, continuidad y efectos acumulativos.

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Ama Ndlovu explores the connections of culture, ecology, and imagination.

Her work combines ancestral knowledge with visions of the planetary future, examining how Black perspectives can transform how we see our world and what lies ahead.