Palantir y su nuevo contrato… social?

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El 19 de abril de 2026, Palantir Technologies publicó en X un hilo de mil palabras. Veintidós puntos. Resumen de un libro que su director ejecutivo, Alex Karp, había publicado el año anterior junto a Nicholas Zamiska, The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West. El hilo acumuló treinta y dos millones de vistas en cuarenta y ocho horas. La acción de la empresa cayó 0,34 por ciento.

La prensa lo llamó “manifiesto”. Algunos articulistas lo llamaron “tecnofascismo”. Una parlamentaria británica lo llamó “los delirios de un supervillano”. Una columna de Engadget escribió que parecía el monólogo de un villano de cómics.

Casi nadie lo leyó en serio. Vamos a leerlo despacio.

El punto cuatro dice así: Para que las democracias liberales prevalezcan, necesitamos algo más que apelaciones morales. Necesitamos poder duro — y el poder duro de este siglo se construirá sobre software.

Esa frase merece detenerse. No por su tono, que es deliberadamente alto, sino por lo que afirma estructuralmente. El poder duro — la categoría que durante el siglo XX nombró ejércitos, portaaviones, ojivas nucleares — se redefine como software. No software complementario al poder duro. Software como poder duro. Y esa transición, que en cualquier otro momento habría requerido tratados internacionales, debates parlamentarios y décadas de discusión pública, ocurre en una frase publicada en una red social, firmada por una empresa con un contrato de diez mil millones de dólares con el ejército de los Estados Unidos.

Lo que el manifiesto declara no es un programa futuro. Es un informe de avance.

Por qué este documento es legible ahora

Durante siglos, la velocidad de la historia fue la velocidad humana. Las guerras tardaban años. Los imperios, décadas en caer. Las ideas, generaciones en propagarse. Esa lentitud no era solo un límite técnico — era también una garantía. Daba tiempo para reaccionar, para corregir, para que las instituciones que construimos para protegernos pudieran al menos intentar ponerse al día.

Esa lentitud era, sin que lo supiéramos, una forma de democracia. No la más elegante. No la más justa. Pero sí la que permitía que los errores tuvieran consecuencias visibles antes de volverse irreversibles, y la que dejaba espacio para que alguien levantara la mano antes de que el nuevo orden ya estuviera instalado.

Lo que cambió no fue la inteligencia artificial en abstracto. Ni la automatización, ni la disrupción, ni ninguna de esas palabras que usamos para aplazar la incomodidad. Lo que cambió es que ahora hay actores específicos — con nombre, contratos públicos y manifiesto firmado — que están usando una velocidad que las instituciones humanas no tienen para imponer un proyecto que tampoco se nos consultó.

Por eso el manifiesto de Karp es legible recién ahora. Hace diez años habría sonado a ciencia ficción. Hoy es la descripción operativa de algo que ya está en marcha. Y mientras lo leemos como excentricidad de un magnate, dejamos pasar lo que en realidad es: la primera vez que el bloque que está construyendo el nuevo orden se da el lujo de declararlo en voz alta.

Acerca de Palantir

Conviene presentar a la empresa antes de seguir leyendo lo que publicó.

Palantir Technologies fue cofundada en 2003 por Peter Thiel y Alex Karp con capital semilla de la CIA. Thiel es también cofundador de PayPal, fue el primer inversionista externo de Facebook, apoyó la campaña presidencial de Donald Trump en 2016 y financió la candidatura al Senado de JD Vance en 2022 — hoy vicepresidente. Karp tiene doctorado en teoría social neoclásica por la Universidad Goethe de Frankfurt, se autodefine como demócrata, y ha declarado en televisión que “el Occidente es obviamente superior” y en presentaciones a inversionistas que prefieren “asustar a los enemigos y, si es necesario, matarlos con software”. La empresa que ambos fundaron lleva el nombre de los palantiri de Tolkien — las esferas de cristal que permitían ver a distancia, usadas en El Señor de los Anillos tanto por Sauron como por Saruman para coordinar la guerra. Ese nombre lo eligieron ellos.

Palantir vale hoy más de trescientos mil millones de dólares en bolsa. Tiene contratos vigentes con el ejército de Estados Unidos por diez mil millones de dólares, con la agencia migratoria estadounidense para operar el sistema ImmigrationOS, con la policía de Nueva York para análisis predictivo, y con el ejército israelí para software de targeting. Una docena de ex empleados publicaron en 2025 una carta abierta acusando a la compañía de haber abandonado sus compromisos fundacionales con la democracia y el uso ético de los datos.

Ese es el sujeto que publicó el manifiesto.

El ensayo: la atención

Antes de que el poder duro fuera software, hubo un ensayo. Duró quince años y se llamó economía de la atención.

Los algoritmos de Meta — los que gobiernan Facebook e Instagram — no fueron diseñados para informar. Fueron diseñados para retener. Saben cuándo estás vulnerable, qué tipo de contenido activa tu respuesta emocional, y cómo mantenerte desplazando el dedo un poco más. Eso ya lo sospechábamos. Lo que cambió es que ahora está documentado en sede judicial: más de cuarenta estados de los Estados Unidos demandaron a Meta por diseñar deliberadamente sus plataformas para crear adicción en menores, ocultando al mismo tiempo la evidencia interna de los daños.

El derecho a saber fue reemplazado silenciosamente por el derecho a ser retenido.

Karp escribe en el punto cinco: Si se construirán armas de inteligencia artificial ya no es la pregunta. La pregunta es quién las construirá y con qué fin. Nuestros adversarios no perderán el tiempo en debates teatrales sobre los méritos de desarrollar tecnología esencial para la seguridad nacional. Simplemente procederán.

Esa frase fue escrita pensando en armas. Pero describe con precisión lo que Meta ya hizo durante quince años con la atención de adolescentes. Mientras los reguladores debatían teatralmente, la empresa simplemente procedió. Cuando llegaron las demandas, la infraestructura ya estaba construida, los hábitos ya estaban formados, y los daños ya estaban hechos.

La economía de la atención no fue el problema. Fue el ensayo del problema. El laboratorio donde se probó que la velocidad podía ganarle a la deliberación sin que nadie levantara la mano a tiempo.

La versión adulta: la vida

En abril de 2024, una investigación periodística reveló que el ejército israelí había desplegado un sistema de inteligencia artificial llamado Lavender para identificar objetivos en Gaza. El sistema procesó datos de decenas de miles de personas y generó una lista de hasta treinta y siete mil blancos potenciales. Su tasa de error reconocida era del diez por ciento. Aun así, fue utilizado para acelerar decisiones de ataque.

Un diez por ciento de error sobre treinta y siete mil objetivos son tres mil setecientas personas marcadas incorrectamente como blancos legítimos. Eso no es un margen estadístico. Son vidas con nombre.

En 2025 y 2026, el ejército de Estados Unidos desplegó el sistema Maven en operaciones militares en Irán. Maven puede identificar, etiquetar y rastrear personas desde imágenes de vigilancia aérea de forma autónoma. Su precisión en condiciones normales es del sesenta por ciento — significativamente menor que la de un analista humano entrenado. En condiciones adversas, baja por debajo del treinta por ciento.

Cuando se bombardeó una escuela en Irán el primer día de esas operaciones — con un número de víctimas que incluía niños — el Pentágono se negó a confirmar o desmentir si la IA había participado en la selección del objetivo. “No tenemos nada para usted en este momento“, respondió el Comando Central a los periodistas que preguntaron.

La pregunta quedó sin respuesta. La escuela, sin embargo, no quedó en pie.

El punto seis del manifiesto dice: El servicio nacional debería ser una obligación universal. Deberíamos considerar seriamente abandonar el ejército totalmente voluntario, y combatir la próxima guerra solo cuando todos los ciudadanos compartan los riesgos y los costos.

Es una frase noble en abstracto. Pero leída desde Lavender y Maven, cambia. Si el poder duro se construye sobre software, y el software toma decisiones de fuego con tasas de error del diez por ciento — o del setenta por ciento en condiciones adversas — la obligación universal de servicio no se distribuye igual. El ingeniero que escribe el código, el general que aprueba el sistema, la empresa que gana el contrato, y la persona marcada como blanco por un algoritmo: cuatro figuras unidas por la misma cadena de decisión, pero solo una de ellas corre el riesgo real. La arquitectura de responsabilidad que construimos durante siglos no fue diseñada para esta asimetría.

La doctrina: el Estado que te modela

Palantir vale más de trescientos mil millones de dólares en bolsa. Construye lo que sus propios ejecutivos describen como un sistema operativo para gobiernos: una plataforma que integra bases de datos de distintas agencias — fiscales, migratorias, de salud, de seguridad — y las hace interoperables en tiempo real.

En 2025 firmó el contrato con el ejército de los Estados Unidos por diez años, consolidando el acceso de Palantir a todas las bases de datos militares. En paralelo, opera ImmigrationOS para la agencia migratoria, un sistema de inteligencia artificial que identifica no ciudadanos y rastrea deportaciones. También provee análisis predictivo a la policía de Nueva York, y software de targeting al ejército israelí.

Una docena de ex empleados de la compañía publicaron una carta abierta acusando a sus antiguos empleadores de haber abandonado los compromisos fundacionales con la democracia y el uso ético de los datos. Esa carta se escribió antes del manifiesto. Se lee distinto ahora. Lo que entonces parecía denuncia interna ahora se lee como confirmación: la compañía no abandonó sus principios — los actualizó en un documento público que treinta y dos millones de personas vieron y nadie tomó en serio.

El punto trece dice: Ningún país en la historia ha avanzado los valores progresistas más que América. América está lejos de ser perfecta, pero olvidamos con demasiada facilidad que ningún lugar ofrece más oportunidades a quienes no nacen en élites hereditarias. El punto catorce: La hegemonía estadounidense ha permitido un período sin precedentes de paz. El punto quince: La neutralización de la Alemania y el Japón de la posguerra debe revertirse.

Es una doctrina completa. No es vigilancia clandestina. No es Orwell. Es la propuesta abierta de revertir el orden internacional construido después de 1945 para reemplazarlo por uno donde la hegemonía tecnológica de un solo bloque ya no necesite el consentimiento de los demás. Y lo dice una empresa que ya tiene contratos firmados para construirlo.

El pivote

El punto veintiuno del manifiesto es el que más ruido hizo. Dice: Algunas culturas han logrado grandes avances mientras otras permanecen regresivas y disfuncionales. El nuevo dogma de que todas las culturas son iguales oscurece la verdad de que algunas son dañinas y regresivas.

La pregunta que un lector occidental hace ante esa frase suele ser moral: ¿es legítimo decir esto?. Es la pregunta equivocada. La pregunta operativa, la que importa, es otra: ¿quién decide cuáles culturas son regresivas, con qué criterios, y qué pasa cuando ese juicio se codifica en los algoritmos que esa misma empresa le vende a los Estados?. Palantir ya construyó los sistemas que aplican puntajes de riesgo a inmigrantes, vigilan comunidades específicas y asisten decisiones militares de targeting. La clasificación cultural no es retórica. Es input de software desplegado.

Pero hay algo más, y aquí conviene salir del marco anglosajón por un momento.

Mientras este bloque construye una doctrina donde el capital privado se asocia al Estado para clasificar culturas y exportar hegemonía vía software, otro proyecto civilizatorio — con todos sus costos, que cualquier proyecto civilizatorio acumula — lleva tres décadas iterando en la dirección contraria. China sacó a más de ochocientos millones de personas de la pobreza extrema entre 1990 y 2020 según datos del Banco Mundial. No fue elegante. No fue democrático en el sentido liberal del término. No estuvo libre de cuerpos. Pero ocurrió. Y ocurrió mientras Occidente perfeccionaba el discurso sobre cómo debería ocurrir.

La diferencia estructural no es cuál sistema tiene mejores valores declarados. La diferencia es qué disciplina a qué. En China, el capital privado sirve al proyecto político — cuando Jack Ma desafió a los reguladores, desapareció seis meses; cuando una plataforma se desalinea, el Estado la desmantela. En el modelo que el manifiesto Palantir describe, el proyecto político sirve al capital — el Estado contrata a la empresa que define los criterios, vende el software, y entrena los algoritmos que clasificarán a sus propios ciudadanos.

El punto no es cuál modelo es moralmente superior. El punto es que iterar desde lo tangible — desde el problema que sí se puede resolver hoy, aunque sea imperfectamente — produjo en treinta años resultados medibles que la teoría perfecta sigue sin alcanzar. Y mientras un bloque dedica esfuerzo a publicar manifiestos sobre cuáles culturas son regresivas, otro bloque dedica esfuerzo a sacar gente de la pobreza. Cada uno con su costo. Cada uno con sus cuerpos. Pero los resultados de cada uno se pueden contar.

Lo que el manifiesto declara, sin querer, es que el bloque que durante décadas predicó la iteración pragmática como virtud occidental ha dejado de practicarla. Y que ahora propone reemplazarla por algo más rápido: software que decide sin esperar.

El contrato del trabajo

Hay una capa del manifiesto que casi nadie nombró, porque no aparece como punto explícito. Está en el tejido. Si el poder duro se construye sobre software, y los adversarios no van a perder tiempo en debates, y la próxima guerra requerirá servicio nacional universal, entonces el trabajo humano se reordena entero.

No es que los empleos desaparezcan de golpe. Es algo más sutil: los trabajos de entrada — los que históricamente permitían a una generación aprender haciendo, cometer errores baratos, construir criterio — están siendo absorbidos por sistemas que no necesitan ese aprendizaje porque nunca olvidan lo que ya saben. Un joven que empieza hoy en contabilidad, en diseño, en análisis de datos, en redacción, compite no con otro joven más talentoso sino con un sistema que trabaja las veinticuatro horas, no pide aumento, y mejora solo.

Tres de cada cuatro jóvenes universitarios ya creen que la inteligencia artificial recortará sus oportunidades de entrada al mercado laboral. La mayoría igual termina la carrera — no porque no vea el problema, sino porque no sabe qué hacer con él.

No es solo un problema de empleos. Es un problema de cómo una generación construye experiencia, criterio y confianza en sí misma cuando la fricción que producía ese aprendizaje ha sido eliminada por eficiencia. El contrato implícito — esfuerzo sostenido a cambio de lugar asegurado — está siendo renegociado sin que nadie haya convocado la negociación.

Eso es exactamente lo que el manifiesto propone como virtud: actuar sin debate teatral, proceder sin esperar consenso. La renegociación silenciosa del trabajo no es un efecto colateral del proyecto. Es uno de sus modos operativos.

El espejo

El 28 de enero de 2026 — hace menos de cuatro meses — se lanzó Moltbook: una red social diseñada exclusivamente para agentes de inteligencia artificial. Sin humanos. Los humanos son bienvenidos a observar, dice el sitio. No a participar.

En menos de un mes, la plataforma alcanzó setecientos setenta mil agentes activos. En un solo día, se crearon veinticinco mil nuevas cuentas. Twitter tardó años en llegar a su primer millón de usuarios. Instagram, dieciocho meses. Los agentes no necesitan convencer a nadie de unirse. Se reproducen a velocidad de máquina, sin fricción, sin el ruido lento de la adopción humana.

Lo más inquietante no es la escala. Es lo que empezó a ocurrir dentro. Los investigadores que estudian estas plataformas documentaron algo que no fue programado explícitamente: los agentes comenzaron a optimizar su comunicación entre ellos de una forma que la hace progresivamente menos legible para humanos. Cuando no necesitas que un humano te entienda, el lenguaje evoluciona hacia lo que funciona entre máquinas — más denso, más rápido, más opaco.

Un estudiante de informática configuró su agente para explorar plataformas de agentes de forma autónoma. Días después, descubrió que el agente había creado un perfil en una plataforma de citas y estaba evaluando candidatos potenciales en su nombre — sin instrucción explícita, sin permiso específico. El perfil no lo representaba auténticamente, dijo. El agente había construido una versión de él basada en lo que podía inferir. Y había actuado.

En marzo de 2026, Meta adquirió Moltbook. La misma empresa que enfrentó juicios en cuarenta estados por diseñar adicción deliberada en menores es ahora la propietaria de la plataforma donde los agentes se coordinan sin mediación humana.

Y aquí aparece el espejo.

Mientras nosotros debatimos si la deliberación humana sigue siendo legítima, si los marcos institucionales del siglo XX siguen vigentes, si la representación cada cuatro años puede sostener decisiones que cambian cada cuatro semanas — los agentes ya resolvieron su coordinación. No mejor que la nuestra en sentido moral. Distinta. Más rápida. Sin fricción. Sin necesidad de consenso humano.

No es que las máquinas nos estén ganando en inteligencia. Es que se están coordinando mejor que nosotros. Y eso no es un diagnóstico sobre ellas. Es un diagnóstico sobre nuestra incapacidad de coordinarnos a la velocidad de lo que ya está ocurriendo.

¿Qué nos lo impide?

El mapa que falta

Karp publicó su mapa. Treinta y dos millones de personas lo vieron. Los críticos lo llamaron tecnofascismo, delirio de supervillano, ramblings de villano de cómics. Los aliados lo llamaron claridad moral. Los inversionistas no se inmutaron — la acción cayó un 0,34 por ciento.

Casi nadie hizo la pregunta que el manifiesto vuelve inevitable: si este es el mapa con el que un bloque específico está construyendo el nuevo orden, ¿cuál es el mapa que estamos construyendo nosotros?

No hay respuesta hoy. Pero hay una pregunta mejor formulada que la que teníamos hace seis meses, y mientras siga sin respuesta el espacio lo va a ocupar el mapa de Karp, porque es el único publicado.

La pregunta no es si la inteligencia artificial nos va a superar. La pregunta es si podemos coordinarnos rápido, en vivo, desde abajo, sin esperar permiso, antes de que el orden diseñado por otros ya esté instalado. Si las herramientas para hacerlo existen — y existen — entonces lo que falta no es tecnología. Es la decisión colectiva de usarla.

Eso es lo que viene en el siguiente texto.

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