Volver a ser relevantes: una nueva visión para la universidad

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Universitas.

Esa es la palabra que eligieron en el siglo XIII para nombrar algo que todavía no existía del todo. No significa “lugar de estudios”. No significa “institución de educación superior”. Viene del latín universus: todo, entero, lo múltiple convertido en uno. Unus más vertere — girar hacia la unidad.

La universidad, en su nombre original, era el lugar donde el conocimiento fragmentado se volvía entero. Donde la multiplicidad de disciplinas giraba hacia una comprensión común.

En algún momento dejamos de llamarla así en la práctica, aunque la palabra sobrevivió.

Lo que la universidad era antes de ser lo que es

La idea no fue solo occidental ni solo medieval.

En el año 970, en El Cairo, nació Al-Azhar. No como escuela de una sola disciplina, sino como espacio donde teología, derecho, astronomía, matemáticas y filosofía convivían sin jerarquía entre ellas. La idea de fondo era simple y exigente al mismo tiempo: comprender el mundo requería verlo completo.

Cinco siglos antes, en la India, la Universidad de Nalanda reunía a decenas de miles de estudiantes de toda Asia. Lógica, gramática, medicina, filosofía. No como materias separadas, sino como formas distintas de hacerse la misma pregunta.

En China, el sistema de exámenes imperiales —vigente por más de mil años— exigía a quien aspirara a gobernar un dominio que hoy resultaría inusual: historia, ética, literatura, filosofía y administración. Todo junto. La especialización era vista como una forma de ceguera.

Y en Occidente, la universidad medieval construyó el trivium —gramática, retórica y lógica: las herramientas para pensar y comunicar— y el quadrivium —aritmética, geometría, música y astronomía: las estructuras del mundo. No porque se creyera que todo era lo mismo, sino porque se entendía que separar el conocimiento producía personas incapaces de ver el todo.

Tradiciones distintas. Épocas distintas. Geografías distintas. Todas llegando a la misma conclusión.

El quiebre que no se anunció como tal

En Chile, la Universidad de Chile no era, antes de 1981, solo una institución educativa. Era una red. Trece sedes a lo largo del país. Presencia en Arica, Iquique, Antofagasta, La Serena. Un proyecto que entendía la educación superior como algo que le pertenecía al país entero, no a quienes podían pagarlo.

En 1981, en pleno verano, cuando los campus estaban vacíos, se promulgó la Ley General de Universidades. La red se fragmentó en dieciséis instituciones independientes. A la Universidad de Chile se le quitaron las carreras de Pedagogía, Trabajo Social, Bibliotecología. Las que construyen tejido. Las que no producen rentabilidad inmediata pero sí producen sociedad.

No fue una reforma educativa. Fue una reforma política con lenguaje económico.

Y lo que llegó después —las universidades privadas sin propósito educacional real en su centro, el Crédito con Aval del Estado diseñado con lógica bancaria, los aranceles entre los más altos del mundo en relación al ingreso— no fue un error de implementación. Fue la consecuencia lógica de haber convertido la educación en un mercado sin las condiciones que hacen funcionar a los mercados.

El estudiante de primera generación universitaria, con deuda, sin red, sin historia familiar que le permita evaluar calidad académica, no puede darse el lujo de confiar en su propio criterio por encima de la señal del mercado. No puede elegir desde la abundancia. Elige desde el miedo. Y el miedo siempre empuja hacia la carrera “segura”, la que tiene retorno calculable, la que promete empleo.

La deuda convirtió la elección vocacional en un cálculo de riesgo financiero.

La promesa que la institución no podía cumplir

Lo notable es que la universidad no llegó a este punto por casualidad. Llegó por una estrategia de supervivencia que se volvió trampa.

Para justificar su existencia ante una sociedad que pregunta por resultados concretos, la universidad empezó a prometer lo único que esa sociedad podía entender: empleo. Título igual a trabajo. Inversión igual a retorno. Años de estudio igual a ascenso social garantizado.

Era una mentira funcional. Funcionaba mientras el mercado absorbía a los graduados. Dejó de funcionar cuando el sistema creció más rápido que la demanda, cuando los títulos se multiplicaron sin que los puestos hicieran lo mismo, cuando cinco mil abogados se titularon en un año en un país que no los necesitaba.

Pero el problema más profundo no es el desempleo. Es lo que se perdió en el camino hacia la promesa.

Una universidad diseñada para producir empleables no puede darse el lujo de enseñar a ver el todo. No puede invertir tiempo en filosofía de la ciencia cuando hay competencias técnicas que acreditar. No puede abrir espacio para la teoría de sistemas cuando el mercado no tiene un ítem de trabajo llamado “pensador sistémico”. No puede cultivar la capacidad de traducir entre mundos cuando esa capacidad no aparece en ningún descriptor de cargo.

Y entonces produce exactamente lo que el sistema industrial necesitaba: personas que saben una cosa muy bien y la ejecutan de manera confiable. El dato exacto. El procedimiento correcto. La fórmula aplicada.

Lo que el sistema industrial necesitaba. No lo que el mundo que viene necesita.

Lo que la IA viene a hacer — y lo que eso exige

Hay una imagen que vale la pena sostener un momento.

Un agricultor del siglo XIX. Años de vida aprendiendo a gestionar la fuerza. Un cuerpo entrenado para una función específica, construido alrededor de ella. Y entonces llega la máquina de vapor. Y luego el motor de gasolina. Y el trabajo que ese cuerpo hacía —con destreza, con orgullo, con identidad— deja de ser necesario.

Lo que está pasando ahora con la inteligencia artificial no es distinto en su estructura. El cerebro humano como herramienta de precisión tiene un competidor. Y ese competidor no se cansa, no cobra sueldo, no pide vacaciones, y mejora cada pocos meses.

Todo lo que requiere recuperar, clasificar, redactar en base a precedentes, aplicar fórmulas a datos, producir el informe estándar — eso ya tiene un ejecutor más eficiente. No es una amenaza futura. Es el presente.

Pero hay algo que esa herramienta no hace. No porque no sea sofisticada, sino porque requiere algo que la sofisticación técnica no puede sustituir: saber qué preguntar.

Un sistema de inteligencia artificial devuelve respuestas en función de la calidad de las preguntas que recibe. Si la pregunta es trivial, la respuesta es trivial. Si la pregunta es sofisticada, la respuesta puede ser asombrosa. La brecha no está en el acceso a la herramienta — está en la formación del que la usa.

Y esa formación no se construye memorizando fórmulas. Se construye aprendiendo a ver conexiones donde otros ven compartimentos. Aprendiendo que la historia explica la economía, que la economía explica la política, que la política explica la cultura. Aprendiendo a traducir entre dominios que el especialista no puede cruzar porque nadie le enseñó que existían otros.

Eso no lo enseña la universidad hiperespecializada. Lo enseñaba la universitas.

Las manos libres — y la urgencia de saber qué hacer con ellas

Cuando la máquina de vapor reemplazó la fuerza bruta en el campo, nadie lloró la pérdida de la azada. El duelo fue por otra cosa: por la identidad construida alrededor de ese trabajo, por el no saber qué hacer con el tiempo que quedaba libre, por la ausencia de un proyecto que llenara el espacio que la máquina había vaciado.

La diferencia crítica ahora es la velocidad. La Revolución Industrial tomó generaciones en transformar el mercado laboral. Lo que viene tomará años. Quizás menos.

Y eso hace urgente una pregunta que todavía no estamos haciendo con suficiente seriedad: ¿para qué tipo de humano estamos formando, si el humano que formábamos ya no es el que el mundo necesita?

Hay una respuesta que empieza a aparecer en el horizonte, todavía tímida, todavía resistida: la renta universal. La posibilidad de que el sustento básico no dependa del trabajo rutinario que la máquina ya puede hacer mejor. La posibilidad de que el humano no tenga que venderse como herramienta de precisión para sobrevivir.

Si eso ocurre — y no es seguro que ocurra, ni que ocurra bien — se abre algo que la universidad nunca pudo ofrecer mientras la deuda gobernaba la elección: el aprendizaje como proyecto humano, no como inversión.

No el título como cálculo. No la carrera como seguro de vida. No el dato exacto porque el mercado lo pide.

Sino la pregunta genuina. La conexión entre dominios que nadie había conectado. La capacidad de ver el todo en un mundo que lleva dos siglos entrenando a la gente para ver solo una parte.

Eso no es tiempo libre. Es el trabajo más difícil que existe. Y es el único que ninguna máquina puede hacer por nosotros.

Lo que no se puede delegar

La inteligencia artificial amplifica lo que ya hay. Si hay profundidad, la profundidad crece. Si hay superficialidad, la superficialidad se vuelve más eficiente.

La universidad que hiperespecializa produce exactamente el perfil que menos puede aprovechar esta herramienta: alguien que sabe ejecutar, pero no imaginar. Que puede aplicar, pero no ver por qué esa aplicación tiene sentido en este contexto y no en aquel. Que puede responder, pero no formular la pregunta que nadie ha hecho todavía.

La universidad que formaba en el sentido completo — la que enseñaba filosofía de la ciencia a los ingenieros, antropología a los administradores, teoría de sistemas a los que iban a construir software — esa universidad producía exactamente el perfil que el mundo que viene necesita y que ninguna máquina puede replicar.

No el especialista. El traductor. El que puede estar en una sala con un ingeniero, un economista y un filósofo, y hacer la pregunta que ninguno de los tres había pensado hacer porque cada uno miraba solo su parte.

Ese perfil no se forma en cuatro años de carrera hiperespecializada con deuda. Se forma en años de exposición a lo que no tiene utilidad inmediata obvia. En materias que parecen un lujo y resultan ser la columna vertebral de todo lo demás.

La Universidad de Nalanda fue destruida en el siglo XII. Al-Azhar sobrevivió pero se transformó. La red de la Universidad de Chile fue desmembrada en una noche de verano de 1981.

Las instituciones que enseñaban a ver el todo han sido, históricamente, incómodas para el poder que prefiere a las personas mirando solo su parte.

Quizás por eso la pregunta más difícil no es si la inteligencia artificial va a cambiar la educación.

Es si vamos a aprovechar ese cambio para recuperar algo que ya sabíamos — y que, por razones que no fueron educativas, decidimos olvidar.

Universitas. El todo convertido en uno.

Lo decía el nombre desde el principio.

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