¿Cuánta de nuestra impotencia es real, y cuánta la estamos administrando?

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Un viernes de marzo de 1999, desde la Superintendencia de Bancos en Quito, mandaron a diez ingenieros de sistemas a Guayaquil a hacer una “auditoría informática” al Banco del Progreso. Nunca habían hecho una. No existían siquiera manuales al respecto.

Entraron por la mañana abriéndose paso entre una multitud que quería sacar su dinero y casi fueron linchados cuando alguien dijo “son de la super”. Eran ingenieros jóvenes, funcionarios recientes, algunos todavía estudiantes.

Les hicieron esperar y recién les dieron usuarios y claves a las cinco de la tarde. Antes de eso, les habían llevado a “dar un tour” por la sala de servidores.

En esas horas, desde adentro del edificio, desde el piso 17, pudieron contar alrededor de diez vuelos de helicóptero que despegaban del techo del banco hacia el aeropuerto, que estaba casi enfrente.

El lunes siguiente, el país amaneció con los bancos cerrados.

Se podría contar esto como una denuncia. Ya se hizo, muchas veces, y no cambió nada. La indignación de aquel año ya ocurrió, ya se descargó y ya se gastó.

Lo que me interesa es otra cosa, y es más incómoda. No lo que nos hicieron —eso lo sabemos— sino lo que hicimos después. Durante veinticinco años. Y por qué era tan fácil de anticipar.

Porque alguien lo anticipó. Y cobró por hacerlo.

Lo que le pasa a un pueblo al que le hacen esto

En 1912, un filósofo alemán llamado Max Scheler escribió un ensayo corto sobre una emoción. En francés se llama ressentiment; nosotros la llamamos, con menos precisión, amargura. Lo escribió antes de que existiera el Ecuador que yo conocí, y sin embargo lo describe con una exactitud que da algo de miedo.

Su hallazgo no es una queja. Es una anatomía, y tiene condiciones precisas.

Primero, una emoción negativa: rabia, ganas de devolver el golpe, envidia. Materia prima normal, humana, universal.

Segundo, un bloqueo: la persona no puede actuar sobre esa emoción. Quiere responder, y no puede.

Tercero —y esta es la condición que lo define todo— la inferioridad se percibe como destino, no como situación. Deja de ser “esto me pasó” y se convierte en “el mundo está hecho de manera que a mí me pase“.

El resultado es un envenenamiento lento. Scheler lo enuncia casi como una ley: cuando no podemos alcanzar algo, tendemos a declararlo despreciable. Lo que no se puede tener, se envilece. El éxito ajeno se vuelve sospechoso; la alegría ajena, superficial; el que está mejor, seguramente hizo algo turbio. No es hipocresía consciente. La percepción misma se tuerce.

Noventa años después, un psiquiatra de la Charité de Berlín, Michael Linden, describió el mismo fenómeno desde la clínica y lo llamó trastorno de amargura postraumática. Un evento —único, real, vivido como una injusticia de fondo— lo dispara. Aparecen los recuerdos que vuelven una y otra vez. Aparece el rechazo a la ayuda.

Y aparece un detalle que lo cambia todo: la persona amargada conserva intacta la capacidad de disfrutar. No es un deprimido, que no goza de nada. Es alguien cuyo sistema de recompensa sigue funcionando perfecto, solo que ahora se activa con una sola cosa: la fantasía de que, algún día, se hará justicia contra el culpable.

La amargura, en el fondo, es barata. Un mundo hostil pero entendible cuesta menos que un mundo ambiguo. El culpable te ahorra la tarea de averiguar. Te entrega el mundo ya explicado.

Y esa economía —la del que prefiere una explicación que duele pero cierra— es la puerta por la que entra todo lo demás.

Un continente fácil de leer

Scheler dice algo, casi al pasar, que debería estar en la primera página de cualquier libro sobre América Latina:

La amargura es más fuerte en una sociedad donde la igualdad formal —los mismos derechos, la misma ley, proclamados en público— convive con desigualdades de hecho enormes en poder, en propiedad, en educación.

Léalo dos veces. No es más fuerte donde la gente tiene menos. Es más fuerte donde a la gente le prometieron lo mismo y le dieron menos.

Eso no es un diagnóstico sobre individuos rencorosos. Es una descripción estructural de este continente, escrita hace más de un siglo por alguien que nunca lo pisó. La distancia entre lo que se nos prometió y lo que se nos entregó no es un accidente de nuestra historia: es su constante. Y esa distancia produce, de manera confiable, una población predispuesta a la amargura.

Una población así no solo sufre. Se vuelve predecible.

Y lo predecible es aprovechable. Un pueblo cuya reacción se puede anticipar es un pueblo cuya reacción se puede usar. No hace falta convencerlo de nada nuevo: basta con saber dónde le duele, y apretar ahí en el momento justo.

Guarden esa idea. La vamos a necesitar al final.

La reacción que se esperaba de nosotros

En enero de 2000, en Ecuador, ocurrió algo que durante años conté —y que muchos siguen contando— como una gesta popular: el pueblo se levantó y derrocó al presidente Jamil Mahuad.

Es falso, y la falsedad está en cada palabra.

La marcha fue real. La CONAIE llegó desde la Amazonía y desde el norte, ocupó el Congreso el 21 de enero y protestaba contra la dolarización, decretada doce días antes.

Pero la “Junta de Salvación Nacional” que se proclamó ahí adentro —un dirigente indígena, un coronel desconocido llamado Lucio Gutiérrez, un ex magistrado— no tenía ningún poder fuera de ese edificio. Fue un gesto. Duró horas.

El golpe, el de verdad, lo dieron los generales. Encabezados por Carlos Mendoza, que era el Ministro de Defensa del propio Mahuad. A Gutiérrez lo apartaron sus superiores esa misma tarde. El coronel duró medio día.

Y lo cerró Washington: el Departamento de Estado condenó el golpe y advirtió que Ecuador recibiría un trato comparable al de Cuba. A los pocos minutos de ese pronunciamiento, el triunvirato se deshizo.

Asumió Gustavo Noboa —el vicepresidente de Mahuad— y mantuvo la dolarización. La política contra la cual se había marchado.

El detalle que conviene no olvidar: los oficiales subalternos que se creyeron la Junta fueron arrestados y expulsados del ejército. Los generales que dieron el golpe y entregaron el poder no tuvieron consecuencia alguna y siguieron ascendiendo.

Traduzcamos. El pueblo marchó, los generales derrocaron, Washington decidió, asumió el número dos del derrocado con la misma política, y los únicos castigados fueron los que pusieron el cuerpo.

Nuestra rabia no fue el motor de esa jornada. Fue su cobertura.

Existía, era genuina, era justificada. Y precisamente por eso era utilizable. Alguien sabía que, dada la herida, la reacción vendría — y sabía qué hacer con ella cuando viniera.

Para entender por qué esa rabia estaba tan a la mano, hay que volver a marzo del 99. Y hay que empezar por una palabra.

El nombre y el hecho: Feriado bancario.

Suena a día libre. Suena a calendario. Suena a que el banco descansa.

Es, probablemente, el eufemismo más eficaz que produjo el español en el siglo XX, y lo usamos todos —incluidos los que perdieron todo— sin abrirlo jamás. Y no está solo. Congelamiento suena reversible y técnico. Crisis suena a fenómeno natural: una crisis le pasa a la gente, un saqueo lo hace alguien. Salvataje suena a rescate — y lo que hubo fue el rescate de los bancos con el dinero de los depositantes.

El vocabulario con el que un pueblo nombra su propio despojo rara vez lo eligió el pueblo. Y un nombre que suaviza el hecho es la primera y más silenciosa forma de la manipulación: no te miente sobre lo que pasó, te entrega la palabra para que lo recuerdes más chico.

Porque el hecho no fue un día. El “feriado” del 8 de marzo de 1999 fue el capítulo final de un proceso que había empezado años antes, con la Ley General de Instituciones Financieras de 1994: el marco que liberalizó la banca y habilitó años de préstamos vinculados y saqueo interno antes de que llegara la fecha que todos recordamos. Cuando el edificio se derrumbó, congelaron los depósitos de los ciudadanos por un año. Algunos banqueros ya habían sacado lo suyo. Algunos, literalmente, por el techo.

Hubo autores. Con nombre, con fecha, con helicóptero. Este texto no viene a disolverlos en una niebla de “circunstancias”. Viene a decir algo más incómodo: que una vez consumado el despojo, la forma en que reaccionamos a él se volvió un recurso más — para otros...

Los tres precios

La figura del culpable —el responsable, el que nos hizo esto— nos cobra en tres monedas. Y ninguna es la que creemos.

  1. Nos quita la mirada. Si ya sabemos quién fue, dejamos de investigar. El culpable cierra la pregunta. Y mientras discutimos y volvemos a discutir al culpable de siempre, las decisiones nuevas —las que se están tomando ahora, sobre nuestros recursos, nuestros datos, nuestra infraestructura— pasan sin que nadie las lea. Muchas se publican con número de ley y fecha, en sitios abiertos, en idiomas que podemos leer. No las escondemos. No vamos.
  2. Nos gasta el movimiento. Y esto es peor que la parálisis, porque la parálisis al menos conserva la fuerza. El culpable nos da un blanco: nos levantamos, lo derribamos, y la estructura ni se entera. Ecuador derribó a Mahuad. Chile llenó las calles en 2019. Las dos energías, enormes, se descargaron contra personas y dejaron los sistemas intactos. La amargura sabe muy bien a quién tumbar. Lo que no sabe es qué construir después.
  3. Nos quita la maniobra. Costa Rica recibe un estadio de regalo de China, luego de que Taiwán le regala un puente. Sonríe a los dos. Eso no es lealtad ni traición: es maniobra entre potencias, y solo puede hacerla quien no está casado con un enemigo. El que necesita un adversario permanente pierde la capacidad de cambiar de socio cuando le conviene, porque su identidad depende de con quién está peleado. El rencor, visto de cerca, es una restricción operativa. Un país que odia no puede negociar.

Y esos tres precios, juntos, son exactamente las tres capacidades que forman la soberanía: ver, actuar en el punto correcto, y poder cambiar de posición. La amargura nos quita las tres, en ese orden.

Lo que este texto no está diciendo

Conviene ser explícito, porque es fácil malentender.

Nada de esto significa “dejen de pelear”. No significa perdonar a los banqueros, ni fingir que Washington no cerró un golpe con una llamada, ni hacer de cuenta que no hay intereses ajenos operando sobre la región. Todo eso es real y merece ser nombrado.

Scheler mismo traza la línea, y es la línea que sostiene todo este texto: la lucha contra la injusticia no es amargura. Pelear por justicia es un movimiento hacia algo superior. La amargura es un movimiento hacia algo inferior: la revancha, la envidia, el deseo de que al otro le vaya mal.

La diferencia no está en la herida. Está en la dirección.

Y ofrece una prueba, la más incómoda de todas. Frente a cualquier agravio que uno carga desde hace años, una sola pregunta:

¿Me serviría de verdad
que lo reparen?

Si la reparación te aliviaría, estás peleando por justicia. Si la reparación te decepcionaría —si en el fondo preferirías conservar el agravio antes que resolverlo— entonces nunca quisiste reparación. Querías el motivo.

La diferencia entre las dos cosas es toda la diferencia. Y no siempre es tan claro ni tan cómodo saber de qué lado está uno.

El que sabe leer

Ahora sí podemos volver a esa idea que dejamos guardada: que un pueblo predecible es un pueblo aprovechable.

Porque siempre, en toda sociedad y en toda época, va a existir alguien que sepa leer esa condición y ponerle precio. No es un monstruo ni un genio del mal. Es un oportunista. Y el oportunista es una constante de la historia, no una excepción.

Pongamos uno con nombre, no para señalarlo como el villano —no lo es— sino porque su caso ilumina el mecanismo mejor que cualquier abstracción.

Jaime Durán Barba es un consultor político ecuatoriano. Entre 1998 y 2000 fue Secretario de la Administración Pública en el gobierno de Jamil Mahuad: el gobierno del feriado bancario. Estuvo adentro.

Veinte años después, fue el estratega detrás de las campañas que capitalizaron ese mismo malestar acumulado. Asesoró a Lenín Moreno. Y asesoró a Guillermo Lasso, que lo agradeció en su discurso de triunfo. El mismo hombre, dos presidentes, décadas después de la herida original. Hizo lo mismo con Macri.

No hay que suponer un plan maestro. No hay que suponer nada. Basta con notar que su método está publicado, en libros que se venden en cualquier lado.

En uno de ellos escribe que la buena estrategia consiste en que el candidato propio actúe con la calma del torero mientras el adversario embiste como el toro — y describe al adversario ideal como el que “embiste siempre que siente una herida”. En otro, lo dice todavía más claro: los conceptos sirven para manipular situaciones, y las ideologías para racionalizar pasiones. Y sostiene, sin vueltas, que los electores no deciden con razones, sino con emociones que muchas veces ni siquiera pueden poner en palabras.

Léalo de nuevo con lo que ya sabemos: embiste siempre que siente una herida. Es la descripción operativa de un pueblo amargado, escrita por el profesional, en la contratapa de un manual.

Y aquí está el punto que quiero que quede, porque es el corazón de todo:

Durán Barba no fabricó nuestra amargura. No decretó el feriado, no sacó el dinero, no escribió la ley del 94. Él leyó una condición que ya estaba ahí, disponible, esperando. Y la leyó bien.

El torero no crea al toro. Se aprovecha de que el toro embiste. Y mientras el toro embista cada vez que siente una herida, siempre habrá un torero dispuesto a cobrar por la faena. Cambiarán los nombres, las banderas, los colores de las campañas. El oportunista es reemplazable e infinito.

Lo único que no es infinito —lo único sobre lo que tenemos algún poder— es la embestida.

La pregunta

Scheler dice una última cosa, y es la que llevo semanas sin poder soltar. La impotencia que produce la amargura, escribe, es la impotencia sentida — no necesariamente la real.

Esa distinción lo es todo.

Porque hubo una impotencia real. El helicóptero despegó. El dinero se congeló. El golpe lo cerró una llamada desde afuera. Nada de eso es imaginario, y nada de eso lo elegimos.

Pero de la impotencia real de 1999 a la impotencia con la que seguimos actuando en 2026 hay veinticinco años. Y en esos veinticinco años, la herida original se convirtió en una manera de mirar el mundo entero. Dejó de ser algo que nos pasó y pasó a ser el lente con el que leemos todo lo que nos pasa.

Eso ya no nos lo hizo nadie. Eso lo sostenemos nosotros, y lo renovamos cada día que elegimos la explicación que duele pero cierra por sobre la que obliga a averiguar. El agravio no fue nuestro. La forma de cargarlo, sí.

Aquel viernes, el helicóptero voló unas diez veces sobre las cabezas de esos ingenieros mientras esperaban que les dieran acceso a los sistemas. No nos ocultaron nada. Simplemente les hicieron esperar. Y esperaron.

Siguen despegando helicópteros, a plena luz. Y las decisiones que nos moldean siguen publicándose con número, con fecha y con firma, en sitios que cualquiera puede abrir.

No nos las esconden. Queda la pregunta:

¿Cuánta de nuestra impotencia es real,
y cuánta la estamos administrando?


Datos para quien quiera seguir leyendo

Sobre el feriado bancario. Decretado el 8 de marzo de 1999 por el gobierno de Jamil Mahuad; previsto para 24 horas, se extendió cinco días. El decreto 685, del 11 de marzo, congeló los depósitos por un año. Mahuad fue posteriormente condenado por peculado. Sobre Guillermo Lasso: en marzo de 1999 era Gobernador del Guayas, y fue Superministro de Economía por 37 días, cinco meses después del feriado. Las acusaciones en su contra no refieren la autoría del decreto, sino su rol en la promoción de la Ley General de Instituciones Financieras de 1994 y operaciones posteriores; Lasso las niega. La distinción importa: el decreto de marzo fue la última página, no el libro. Hizo mucho dinero vendiendo unos instrumentos financieros post-feriado llamados CDRs, con los que devolvía sumas mucho menores de las que realmente tenia la gente un dia antes del feriado bancario.

Sobre el 21 de enero de 2000. El derrocamiento de Mahuad fue un golpe militar encabezado por generales —entre ellos Carlos Mendoza, su propio Ministro de Defensa—, no por la “Junta de Salvación Nacional” de Vargas, Gutiérrez y Solórzano, que carecía de poder real. Tras la condena de Estados Unidos, el triunvirato se disolvió y asumió el vicepresidente Gustavo Noboa, que mantuvo la dolarización. Los oficiales subalternos fueron arrestados; los generales siguieron sus carreras.

Sobre Jaime Durán Barba. Secretario de la Administración Pública del Ecuador durante el gobierno de Mahuad (1998-2000). Estratega de campañas de Mauricio Macri en Argentina, y en Ecuador de Lenín Moreno y Guillermo Lasso, entre otros. Sus libros con Santiago Nieto incluyen El arte de ganar: cómo usar el ataque en campañas electorales exitosas y La política en el siglo XXI. Las citas atribuidas a sus libros en este texto provienen de material editorial y de reseñas, no de una lectura directa del original — conviene verificarlas en la fuente antes de citarlas textualmente.

Sobre Max Scheler. Ressentiment (1912). Es un libro corto y vale la pena leerlo entero. La observación sobre la igualdad formal frente a la desigualdad de hecho, la ley del desprecio de lo inalcanzable, y la distinción entre lucha contra la injusticia y resentimiento están todas ahí.

Sobre Michael Linden. Posttraumatic Embitterment Disorder, Charité Universitätsmedizin Berlin, desde 2003. La prevalencia de amargura clínicamente relevante en población general se estima en torno al 2,5%.

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