Dónde se decide lo que vamos a ser

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Casi todos crecimos escuchando una frase parecida.

Que somos un país agrícola. O minero. O petrolero. Que lo nuestro es la tierra, o el cobre, o el café. Que la industria pesada es para otros, que no tenemos tradición en eso, que cada quien tiene su vocación.

Se dice con naturalidad, del modo en que se describe el clima. Como si fuera un rasgo de carácter que traemos de fábrica.

Vale la pena mirar de dónde salió.

Una visita

El 12 de septiembre de 1939, once días después del comienzo de la guerra en Europa, dos hombres se presentaron en el Departamento de Estado en Washington. Uno era Hamilton Fish Armstrong, director de la revista Foreign Affairs. El otro, Walter Mallory, director ejecutivo del Council on Foreign Relations, una entidad privada de Nueva York fundada en 1921.

Iban a ofrecer ayuda.

El razonamiento que llevaban, según el relato que el propio Council publicaría siete años más tarde, era este: aunque Estados Unidos lograra mantenerse fuera de la guerra, sus intereses iban a quedar profundamente comprometidos a medida que el conflicto avanzara, y con seguridad se verían afectados por los eventuales acuerdos de paz. El Departamento de Estado estaba desbordado por la crisis y no tenía fondos disponibles para contratar más personal.

Los dos visitantes propusieron entonces algo concreto: que mientras el Departamento no pudiera armar su propio equipo, el Council formara grupos de expertos para investigar en cuatro campos. Problemas de seguridad y armamentos. Problemas económicos y financieros. Problemas políticos. Problemas territoriales.

Los funcionarios recibieron bien la idea y alentaron al Council a elaborar un plan más detallado. Eso se hizo, en consulta con el propio Departamento. Y una vez listo el plan, se acudió a la Fundación Rockefeller a pedir los fondos para ejecutarlo.

Cuando llegó la confirmación de que el dinero estaba disponible, se eligió al personal. La reunión de organización se celebró el 8 de diciembre de 1939, en Washington, en la casa del subsecretario de Estado George Messersmith.

Estados Unidos entraría en la guerra dos años después.

Conviene detenerse acá. No para juzgar a nadie: nadie hizo nada ilegal, y la iniciativa de estudiar el futuro no tiene nada de reprochable. Conviene detenerse para leer despacio qué acaba de ocurrir.

Un grupo de personas, auspiciadas por un magnate, se puso a diseñar el mundo de la posguerra antes de que su país siquiera entrara en la guerra.

Seis años, a puerta cerrada

El proyecto se llamó Studies of American Interests in the War and the Peace. Duró hasta 1945.

Los números están en el informe final que el Council publicó en 1946. Se realizaron trescientas sesenta y dos (362) reuniones. Participaron más de cien (100) hombres. Se prepararon y enviaron al Departamento de Estado seiscientos ochenta y dos documentos, en cantidad suficiente para distribuirlos a todos los funcionarios y escritorios pertinentes.

Los grupos se reunían en la casa del Council en Nueva York a las cuatro y media o cinco y media de la tarde. Cenaban una hora y seguían hasta las diez y media u once de la noche. Los relatores recibían un honorario nominal; los miembros no cobraban nada. Todos ellos, aclara el informe, entendían que la naturaleza del trabajo les impedía recibir cualquier reconocimiento o recompensa pública.

En la mayoría de las reuniones de Nueva York había presente uno o más funcionarios del Departamento de Estado.

Los nombres que encabezaban los grupos: los economistas Alvin Hansen y Jacob Viner en el económico y financiero; el geógrafo Isaiah Bowman en el territorial; Whitney Shepardson en el político; y en el de armamentos, el periodista militar Hanson Baldwin junto a un abogado neoyorquino llamado Allen Dulles, que doce años más tarde sería nombrado director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA).

El grupo económico acuñó un concepto para su trabajo. Lo llamó Grand Area: el Gran Área. El memorando que lo define lleva el código E-B34 y está fechado el 24 de julio de 1941, cinco meses antes de Pearl Harbor.

El interés privado, ahora público

En febrero de 1941 la relación de este grupo privado con el gobierno cambió de forma. El Departamento creó su propia División de Investigación Especial, organizada exactamente igual que el Council: secciones económica, política, territorial y de seguridad. Todos los secretarios de investigación que servían en los grupos del Council fueron contratados después por el Departamento. El Council los liberó, con la condición de que siguieran sirviendo medio tiempo como secretarios de sus respectivos grupos.

En 1942 la relación se estrechó otra vez. El Departamento organizó un Comité Asesor sobre Política Exterior de Posguerra, presidido por el secretario de Estado Cordell Hull. Varios expertos de fuera del Departamento entraron como miembros, entre ellos Armstrong, Bowman, Benjamin Cohen, Norman Davis y James Shotwell, todos los cuales venían participando en el trabajo del Council para el Departamento. Davis presidió el subcomité de seguridad. Bowman, el territorial. Cohen, que era miembro del grupo económico del Council, integró el subcomité económico.

De ese comité y sus subcomités saldrían las propuestas que Estados Unidos llevó a las conversaciones de Dumbarton Oaks en 1944. Por ser las más desarrolladas, esas propuestas fueron las que se aceptaron como base de discusión, y ese documento fue el texto inicial de la conferencia de San Francisco de 1945, donde nació la Carta de Naciones Unidas.

Nadie tuvo que conspirar.
Una entidad privada, financiada por una fundación petrolera,
produjo durante seis años el material sobre el mundo de posguerra,
y su personal terminó trabajando medio tiempo
adentro del Estado que recibía ese material.

Es un arreglo administrativo con horario.

Lo que se decidió

El informe del Council de 1946 trae la lista completa de los memorandos, con título y fecha. Se puede leer entera. Hay títulos sobre Groenlandia, sobre el convoy atlántico, sobre la disposición de la flota italiana.

Y hay otros.

Un bloque comercial panamericano, mayo de 1940. Sugerencias para adquirir bases armadas en América Latina, octubre de 1940. Aerolíneas sudamericanas y Nacionalización de las aerolíneas sudamericanas, noviembre de 1940. Compromisos de materias primas en Río, mayo de 1942. Acuerdos de materias primas de Estados Unidos con las repúblicas latinoamericanas, mayo de 1942. Métodos para mejorar las estadísticas latinoamericanas, octubre de 1941. Países subdesarrollados y control de cambios, julio de 1944.

Y uno fechado el 18 de noviembre de 1944: Industrialización mundial y comercio internacional.

Los textos de esos memorandos siguen sin digitalizar. Están en cajas en la biblioteca Mudd de la Universidad de Princeton, y en microficha producida por una editorial junto con el propio Council. Este texto no los leyó. Solo leyó sus títulos, en el índice que el Council publicó de sí mismo.

Alcanza para saber que existieron y sobre qué trataban.

Y alcanza para notar quiénes no estaban en esas reuniones de Nueva York, a las once de la noche, discutiendo la nacionalización de las aerolíneas sudamericanas.

El Plan Marshal: ¿regalo, préstamo o algo más?

Europa lo vivió de una forma más nítida, y por eso conviene mirarla: lo que acá tomó cincuenta, allá se hizo en cinco años.

El protagonista: la Economic Cooperation Administration (ECA), o la Administración de Cooperación Económica, creada por la Ley de Asistencia Extranjera de 1948, la misma que aprobó el Plan Marshall, al cual se recuerda como una donación.

La mecánica exacta fue otra.

El Tesoro estadounidense compraba trigo, carbón y maquinaria a empresas estadounidenses, les pagaba en dólares y embarcaba la mercadería a Europa. Esos dólares no volvían. Cierto. Europa recibía los bienes sin gastar una divisa propia, y la divisa era exactamente lo que no tenía: sus exportaciones no alcanzaban para conseguirla y sus monedas no eran convertibles.

Los bienes no se regalaban al llegar. Se vendían dentro de cada país europeo, y las empresas y los importadores los pagaban en francos, en liras, en marcos. Ese dinero, que era europeo y nacía en Europa, se depositaba en una cuenta especial del banco central de ese mismo país, donde cumplía además una función útil: sacaba de circulación el exceso de moneda que había dejado la guerra y contenía la inflación.

De esos mismos fondos, un cinco por ciento podía destinarse a pagar los gastos administrativos de la agencia estadounidense en Europa, y a comprar materias primas escasas que Estados Unidos necesitara. Hasta agosto de 1951 se comprometieron más de ciento sesenta millones de dólares con esos fines, en su mayoría en los territorios dependientes de Europa. En 1952 la proporción subió al diez por ciento.

Con ese fondo se construyó mucho. En Francia, Alemania e Italia fue a servicios públicos, transporte, comunicaciones, agricultura, manufactura y vivienda. Rutas, energía, casas. Eso fue real, fue enorme y no tuvo que devolverse, es justo reconocerlo. Ese dinero quedaba en los bancos centrales europeos.

Lo que pasaba después es lo que casi nadie cuenta. Para sacarlo e invertirlo hacía falta la aprobación de la agencia estadounidense. Cada destino necesitaba la firma.

Y entonces los países europeos quisieron usar ese fondo para construir sus propias refinerías de petróleo. El argumento era simple: importar crudo en vez de producto refinado les ahorraba dólares, que era justamente lo que les faltaba.

Washington estaba dividido, y entre las razones de la división estaba que más refinación en Europa favorecería a las compañías de capital europeo frente a las estadounidenses. La agencia terminó restringiendo drásticamente ese financiamiento.

Quien encabezaba su rama de petróleo era un ex ejecutivo de la Standard Oil. Al testificar ante el Congreso en 1949 explicó que las compañías británicas y anglo-holandesas planteaban problemas especiales para financiar esa expansión, dado el interés estratégico en mantener las concesiones de propiedad estadounidense en el exterior.

Para 1950, el ochenta y cinco por ciento del petróleo que Europa importaba venía de Medio Oriente, y las cinco grandes petroleras estadounidenses tenían posición en todos los mercados de Europa occidental.

Hay que ser preciso, porque la imprecisión sería mentira: Europa se industrializó y se hizo rica. Alemania Occidental, Francia e Italia fueron potencias industriales quince años después. Nadie las frenó.

Las desarrollaron por el eje que les eligieron, y las frenaron en el único sector donde el que firmaba tenía un activo propio en juego. El mismo frente de quien pagó el estudio que originó todo.

Dicho de otra manera, el dinero era europeo. La firma no.

El Patio Trasero y su destino

A nosotros nos tocó otra cosa, y llegó con la voz de un solo hombre.

En 1948, en la Conferencia de Bogotá, las delegaciones latinoamericanas pidieron un programa de ayuda equivalente al europeo. Marshall les explicó que la ayuda a Europa era indispensable y que la región se beneficiaría por las compras que Europa le hiciera.

El 19 de septiembre de 1949, en Nueva York, el secretario de Estado Dean Acheson expuso ante la Pan American Society la política hacia la región. Dijo que los préstamos de fondos públicos solo pueden ser suplementarios al esfuerzo del capital privado, y que por lo tanto la política sería, en general, no prestar fondos públicos donde hubiera capital privado disponible.

Y agregó algunas frases:

Que tampoco creían necesariamente que
la industrialización rápida de la región fuera buena en sí misma.
Que había que buscar un equilibrio entre industria y agricultura.
Que en muchos países el mayor progreso inmediato
podía venir del cultivo moderno y diversificado de la tierra, y
que el riego, la maquinaria agrícola y los fertilizantes podían
hacer más por el nivel de vida que una docena de industrias nuevas.

Riego y fertilizantes. Ese mismo año, a ocho mil kilómetros de ahí, un economista argentino llamado Raúl Prebisch estaba en Santiago de Chile como consultor de una comisión recién creada. Había preparado un texto para el estudio económico anual. Lo retiró apresuradamente y pasó un tiempo encerrado en su oficina, examinando los datos que Naciones Unidas acababa de publicar sobre el deterioro de los términos de intercambio.

Los productos que la región vendía al mundo —café, cobre, trigo, estaño, carne— perdían valor con el tiempo frente a los productos que compraba: máquinas, herramientas, vehículos. Década tras década, la misma tonelada de cobre alcanzaba para comprar menos máquinas que antes.

Eso significaba que exportar más no acercaba a la región al nivel de vida de los países industriales. La alejaba. De ahí salió el trabajo que Albert Hirschman llamaría el manifiesto latinoamericano.

Dos hombres, el mismo año, mirando los mismos números. Uno explicando por qué no conviene industrializarse. El otro encerrado, rehaciendo su texto porque los números decían lo contrario.

La sala nuestra también existió. La Comisión Económica para América Latina se estableció el 25 de febrero de 1948, a partir de una propuesta que el embajador chileno ante Naciones Unidas, Hernán Santa Cruz, había presentado en julio de 1947, y de la campaña que siguió entre delegados de la región. Al comienzo la iniciativa recibió dura oposición, con el argumento de que Naciones Unidas era universal y no debía dar paso a una propuesta regional. Su primera sesión fue el 7 de junio de 1948, a las cuatro de la tarde, en el salón de honor del Congreso Nacional de Chile.

Estados Unidos declinó patrocinar algo parecido al Plan Marshall para la región. Lo que se levantó al final fue un centro de estudios.

Una sala privada con seis años de anticipación, financiada por una fundación petrolera, con el personal repartido entre Nueva York y Washington. Y una sala pública, nacida de una campaña de delegados, empezando tarde y sin fondos para ejecutar nada de lo que pensara.

De sendero a camino

Una asignación económica no se siente el año en que se decide.

Se siente después, cuando las carreras que existen en una ciudad son las que quedaron disponibles. Cuando el hijo que quiere estudiar algo que ahí no se estudia tiene que irse. Cuando la conversación nacional sobre el futuro tiene tres opciones porque las otras no se construyeron nunca.

Y a los sesenta o setenta años pasa algo peor, que es lo que hace que esto valga la pena contarlo.

Deja de parecer una decisión.

Empieza a parecer una vocación. Un temperamento. Algo que se explica con la geografía, o con el clima, o con el carácter de la gente. Nadie recuerda una reunión, porque nunca hubo ninguna a la que asistiéramos. Y entonces la frase se dice sola, con naturalidad, en una sobremesa: somos un país agrícola.

Eso es lo que se rompe. No la soberanía como término jurídico. La capacidad de un pueblo de saber que en algún momento pudo haber sido otra cosa.

2026 y sus primeras salas

Nada de lo anterior serviría de mucho si fuera solo historia.

Panamá, agosto de 2026. El secretario de Guerra de Estados Unidos habla ante los ministros de Defensa de América Latina. Les pide que aumenten sustancialmente su gasto militar, que profundicen las operaciones conjuntas y que abandonen la Corte Penal Internacional, de la que dice que es una amenaza para la soberanía de los Estados. Menciona la Doctrina Monroe y se describe como el nuevo sheriff del pueblo. Los diecinueve países a los que se dirige son, casi todos, parte de esa corte. Estados Unidos nunca la reconoció.

Buenos Aires, fines de junio de 2026. Tres días en un hotel de Puerto Madero. La convocatoria la hacen, tanto la Israel Allies Foundation, con sede en Washington, como American Friends of Isaac Accords, una organización sin fines de lucro de la Fundación Premio Génesis. Asisten unos veinte legisladores de más de una docena de países, además de funcionarios, embajadores y referentes religiosos. El propósito declarado es consolidar una red parlamentaria permanente.

El presidente de la fundación convocante les pide a los legisladores latinoamericanos tres cosas concretas:

  1. Promover el traslado de las embajadas de sus países a Jerusalén,
  2. Adoptar una definición determinada de antisemitismo, y
  3. Consolidar respuestas legislativas comunes.

Y el alcance declarado de la iniciativa que vienen a construir es una red permanente de cooperación en comercio, inversión, innovación tecnológica, inteligencia artificial, infraestructura, energía, agua, agricultura, seguridad, educación, comunicación estratégica y relaciones parlamentarias. La arquitectura incorpora organismos financieros, universidades, empresas tecnológicas, fundaciones privadas y espacios de formación de dirigentes.

Agua. Agricultura. Energía. Inteligencia Artificial. Universidades. Fundaciones privadas.

Leamos bien esa lista:

En 1948 pedimos un plan y nos dieron un centro de estudios sin fondos.
Y nos encargaron riego y fertilizantes.

En 2026 se nos ofrece participar en la revolución de la inteligencia artificial. Y enseguida, cómo seria esa participación:

¿Energía? …. litio, petróleo.
¿Agua? ….. para centros de datos que no diseñamos.

Otra vez materias primas.
Otra vez a fabricar fertilizantes.

Esta vez hay comunicado de prensa.

Las preguntas ahora son tuyas

Este texto no sabe qué va a salir de esas reuniones. Nadie lo sabe todavía, y esa es exactamente la situación en la que estaban nuestros abuelos en 1941.

Lo que sí se puede hacer es lo que ellos no pudieron: mirarlas mientras ocurren, y tener a mano las tres preguntas que en aquel entonces nadie de este lado llegó a formular a tiempo.

Quién paga la sala.

Quién se sienta en ella.

Y si hay alguien adentro que vaya a vivir con el resultado.

No hace falta acusar a nadie para hacerlas. Son las preguntas que uno haría antes de firmar cualquier cosa, en cualquier escala, incluso entre vecinos. Que no se hayan hecho en 1941 no fue culpa nuestra: nadie sabía que la reunión existía.

Ahora sí sabemos.


Datos para quien quiera seguir leyendo

Sobre las War and Peace Studies del Council on Foreign Relations

El informe final que el propio Council publicó en 1946, The War and Peace Studies of the Council on Foreign Relations 1939-1945, está disponible en texto completo en Internet Archive. De ahí salen: la visita de Armstrong y Mallory al Departamento de Estado el 12 de septiembre de 1939, la propuesta de los cuatro campos de estudio, la gestión posterior ante la Fundación Rockefeller, la reunión de organización del 8 de diciembre de 1939 en casa del subsecretario Messersmith, las 362 reuniones, los 682 documentos, el horario de las sesiones, la ausencia de reconocimiento público para los participantes, la presencia de funcionarios del Departamento en las reuniones, la contratación de los secretarios de investigación por la División de Investigación Especial en febrero de 1941 con la condición de seguir medio tiempo en el Council, la composición del Comité Asesor de 1942, y el Apéndice B con la lista completa de memorandos por grupo, título y fecha.

El financiamiento de la Fundación Rockefeller rondó los 350.000 dólares a lo largo del proyecto. La Corporación Carnegie de Nueva York también hizo aportes anuales.

El memorando del Gran Área es el E-B34, Methods of Economic Collaboration: Introductory — the Role of the Grand Area in American Economic Policy, del 24 de julio de 1941, de Arthur R. Upgren y William Diebold Jr.

Los originales están en la Seeley G. Mudd Manuscript Library de Princeton, colección MC104. Partes de los registros del Council entre 1921 y 1951, incluido este proyecto, existen en microficha producida por University Publications of America junto con el propio Council. Conviene registrar que el archivo lo depura el Council: su personal de biblioteca revisa los registros, descarta los que no se ajustan a su política de retención y retiene los que considera privados o inapropiados para transferir.

Este texto no leyó los memorandos. Trabaja con el índice publicado, el organigrama, el financiamiento y las cifras. Los títulos latinoamericanos citados corresponden a los códigos E-B12, E-B40, E-B50, E-B51, E-B72, E-B75, A-B13, A-B14 y P-B12.

Sobre Dumbarton Oaks y la Carta de Naciones Unidas

Las conversaciones se celebraron entre el 21 de agosto y el 7 de octubre de 1944. Las propuestas estadounidenses fueron aceptadas como base de discusión por ser las más desarrolladas, y el documento resultante fue el texto de trabajo inicial de la conferencia de San Francisco de 1945. Fuentes: sección de historia de la Carta de Naciones Unidas y Oxford Public International Law. La historia oficial estadounidense del período es Harley A. Notter, Postwar Foreign Policy Preparation 1939-1945, Publicación 3580, Washington, 1949, disponible en Internet Archive.

Sobre el Plan Marshall

La mecánica de los fondos de contrapartida, el cinco por ciento destinado a gastos administrativos y compra de materiales estratégicos, su elevación al diez por ciento en 1952 y la cláusula de materiales estratégicos de los acuerdos bilaterales están descritos en informes del Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos sobre el Programa de Recuperación Europea. La restricción al financiamiento de refinerías europeas y el testimonio del jefe de la rama de petróleo de la agencia en 1949 provienen de la literatura sobre petróleo y Plan Marshall publicada en Business History Review.

Sobre el discurso de 1949 y Bogotá

Dean Acheson, Waging Peace in the Americas, ante la Pan American Society, Nueva York, 19 de septiembre de 1949; Departamento de Estado, publicación 3647. Las frases están parafraseadas del texto íntegro. La respuesta de Marshall en la Novena Conferencia Interamericana de Bogotá, marzo-abril de 1948, está documentada en la literatura sobre las relaciones interamericanas del período.

Sobre la CEPAL

Establecida el 25 de febrero de 1948 por resolución 106 (VI) del Consejo Económico y Social de Naciones Unidas, a partir de la iniciativa presentada en julio de 1947 por Hernán Santa Cruz, embajador de Chile ante Naciones Unidas. Primera sesión el 7 de junio de 1948 en el salón de honor del Congreso Nacional de Chile. El episodio de Prebisch retirando su texto y encerrándose con los datos de términos de intercambio lo relata Celso Furtado en A fantasía organizada (1985) y está recogido en la propia bibliografía de la CEPAL. El trabajo resultante es El desarrollo económico de la América Latina y algunos de sus principales problemas (1949).

Sobre Panamá, agosto de 2026

El secretario de Guerra Pete Hegseth se dirigió a ministros de Defensa de América Latina en Panamá y pidió a los países del Escudo de las Américas que abandonen la Corte Penal Internacional. La iniciativa Escudo de las Américas se lanzó el 7 de marzo de 2026 en Doral, Florida, y reúne a diecinueve países. Coberturas: La Tercera, El Mostrador, BioBioChile, Bloomberg Línea, Infobae.

Sobre los Acuerdos de Isaac y la cumbre de Buenos Aires

Los Acuerdos de Isaac fueron anunciados por primera vez en junio de 2025 por el embajador argentino en Israel, Shimon Axel Wahnish, y firmados el 19 de abril de 2026 en Jerusalén, durante la tercera visita de Javier Milei a Israel. Toman su nombre y su lógica de los Acuerdos de Abraham de 2020.

La cumbre de Buenos Aires se realizó durante tres días a fines de junio de 2026 en el Alvear Icon Hotel de Puerto Madero, convocada por la Israel Allies Foundation, con sede en Washington, y American Friends of Isaac Accords, organización sin fines de lucro de la Fundación Premio Génesis. Asistieron alrededor de veinte legisladores de más de una docena de países, junto al presidente Milei, el canciller Pablo Quirno y el senador brasileño Flávio Bolsonaro. Josh Reinstein, presidente de la Israel Allies Foundation, convocó a los legisladores a promover el traslado de embajadas a Jerusalén, impulsar la adopción de la definición de antisemitismo de la International Holocaust Remembrance Alliance y consolidar respuestas legislativas comunes frente al terrorismo. Milei había donado el millón de dólares del Premio Génesis para impulsar la iniciativa.

Nota sobre estas dos últimas fuentes. El listado de países que circula (Brasil, Argentina, Venezuela, Ecuador, Colombia, Honduras, Chile, Costa Rica, Guatemala, Paraguay, Uruguay, Bolivia y Panamá) proviene de los organizadores y corresponde a legisladores asistentes, no a adhesión de Estados. Y los hechos de la cumbre están descritos en términos coincidentes por medios de alineamientos opuestos: Itón Gadol, Agencia AJN y The Jerusalem Post por un lado; Cubadebate, Radio Gráfica e Indymedia Argentina por el otro. Cuando ambos lados describen lo mismo, el hecho aguanta; las valoraciones de cada uno, no.

Sobre lo que este texto interpreta y lo que no

La lectura de la identidad heredada como residuo de una asignación económica es interpretación de este texto, no un hallazgo documentado.

No hay evidencia de que a Dean Acheson le hayan dado instrucciones, ni de que obtuviera beneficio personal alguno: era abogado y vivía de honorarios. Acheson no figura como miembro de ninguno de los grupos de estudio del Council; sí integró el Comité Asesor del Departamento de Estado. No existe constancia de que haya leído ningún memorando en particular, y este texto no lo afirma. El argumento que él daba en público merece registrarse: sostenía que el mundo de bloques cerrados había producido la crisis de 1929 y después la guerra, y que había que impedir la repetición. La historiografía sigue dividida sobre cuánto pesó ese motivo.

Este texto tampoco afirma nada sobre las intenciones de quienes se reunieron en Panamá o en Buenos Aires, ni sobre qué actor pesa más en esas iniciativas. Describe las convocatorias, los convocantes y las agendas declaradas, que están publicadas.

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