El hombre que todavía no tiene época

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La pregunta no es si necesitamos un hombre del Renacimiento, sino cuál.

Dos hombres nacieron con dos años de diferencia, a fines del siglo XIV y comienzos del XV, y murieron el mismo año, 1472. Entre ellos había un océano que ninguno de los dos supo que existía.

El primero era florentino. Arquitecto, matemático, teórico del arte, urbanista. Creía en el hombre que construye, en la vida activa, en la inseparabilidad de la teoría y la práctica, de la mano y el cerebro. Escribió sobre pintura, sobre arquitectura, sobre la familia. Dejó un retrato idealizado de sí mismo.

El segundo gobernó una ciudad a orillas de un gran lago. Fue poeta, arquitecto y sabio. Se le atribuyen el acueducto que llevaba agua potable a la ciudad vecina, un dique contra las inundaciones y una gran obra que separaba las aguas dulces de las saladas del lago. Formó la biblioteca más importante de su región. Y, según un cronista, puso límites a los leñadores para impedir que los bosques fueran destruidos, con penas graves para quien los transgrediera.

Ninguno de los dos era un santo. Del segundo se cuenta que provocó la muerte de otro poeta para quedarse con la mujer que amaba. Del primero, que su imagen fue embellecida siglos después.

Al primero, la historia lo consagró como el prototipo del hombre del Renacimiento. Los cantos del segundo tuvieron que ser redescubiertos en el siglo XX.

Conviene detenerse aquí, no para disputar quién merecía más el título, sino para notar lo que el contraste revela. Había dos hombres del Renacimiento al mismo tiempo. Solo uno entró en la historia que aprendimos.

¿Quién decide qué hombres se recuerdan como el modelo de una época?

Lo que quiso decir “hombre del Renacimiento”

La expresión tiene menos edad de la que parece. Su forma en inglés se registra por escrito recién en 1906. El concepto, tal como lo usamos, lo formuló un historiador suizo en 1860: el “hombre universal”, el que se despliega en todas las direcciones, y que según él había nacido en la Italia del siglo XV. Para ese historiador, ese hombre era la prueba de algo mayor: que en Italia había nacido el individuo moderno. Antes, sostenía, las personas solo se reconocían como miembros de un pueblo, una familia o una corporación. En Italia, ese velo se había disuelto.

El ideal tenía raíces en textos de la época. En 1486, un joven filósofo escribió un discurso en que Dios le explicaba al ser humano por qué no le había dado una naturaleza fija: ni celeste ni terreno, ni mortal ni inmortal, para que fuera el libre escultor de sí mismo y se diera la forma que prefiriera. El ser humano como camaleón: el único que elige lo que llega a ser.

En 1528 se publicó el libro que definió al cortesano ideal: diestro en las armas y en las letras, en la música y la conversación, con una gracia que hacía parecer natural lo más estudiado. Y con un detalle que casi siempre se olvida: en su último libro, el cortesano debía evitar la adulación y ser guía moral e intelectual del príncipe.

La historiografía de las últimas décadas ha sido severa con esta imagen. Uno de los historiadores más respetados del período la llama un mito del siglo XIX que todavía muchos toman en serio, y propone leer al hombre universal como un tipo ideal, un ideal de vida, no como la descripción de personas reales. Otros han mostrado que el retrato del florentino fue distorsionado por quien lo consagró.

Mientras tanto, del otro lado del océano, una tradición entera tenía su propia figura del sabio que integraba saberes: los tlamatinime, “los que saben algo”, que en el mundo náhuatl eran a la vez poetas, consejeros y pensadores de lo divino. El poeta del lago era uno de ellos, el más famoso. El ideal de integrar el saber no fue un invento de una sola orilla. Fue contado desde una sola.

Si la pregunta es si necesitamos hoy a un hombre del Renacimiento, la respuesta honesta empieza por lo que de aquel ya no sirve.

Su rasgo más celebrado era la amplitud: saber de muchas cosas, dominar muchos oficios. Esa amplitud fue valiosa cuando el conocimiento era escaso y caro de reunir. Hoy, cuando una máquina puede resumir cualquier disciplina en segundos, saber de muchas cosas deja de ser lo escaso. Lo escaso es otra cosa: ver las relaciones entre ellas, sostener un criterio, y responder por lo que se decide.

Su otro rasgo era el individuo. El hombre universal era un individuo excepcional, y el cortesano vivía en una corte, al servicio de un príncipe. Muchos de los genios de aquel tiempo florecieron gracias al dinero de los banqueros que los protegían. Esa figura, trasladada a nuestro tiempo, se parece demasiado al talento brillante que trabaja para los dueños de los nuevos territorios digitales.

No necesitamos un genio más al servicio del señor de turno. Necesitamos otra cosa.

¿Y si el hombre que hace falta no se define por lo que sabe, sino por cómo se relaciona con los demás?

Cuatro rasgos

Asombrarse sin conquistar. Cuando los españoles vieron Tenochtitlan por primera vez, se asombraron. Lo dejaron escrito: les pareció un encantamiento, algo que no sabían si estaban viendo en sueños. Dos años después, la ciudad estaba en ruinas.

El asombro no basta. Se puede admirar lo que se va a destruir. La curiosidad que busca entender para dominar es la que tuvieron los conquistadores. La que hace falta es la otra: la que se acerca a lo distinto para comprenderlo y convivir con ello, no para apropiárselo.

Ese es el primer rasgo del hombre que todavía no tiene época. No es el que más sabe, sino el que llega a lo desconocido con la pregunta “¿quién eres?” antes que con la pregunta “¿qué puedo sacar de aquí?”.

Responder por los otros. Un aviador francés que cruzaba en los años veinte y treinta las rutas del correo entre Europa, África y Sudamérica escribió una de las definiciones más exactas de lo que estamos buscando: Être homme, c’est précisément être responsable. Ser hombre es precisamente ser responsable. Y la desarrolló: es sentir vergüenza ante una miseria que no parecía depender de uno, estar orgulloso de una victoria que ganaron los compañeros, sentir que al poner la propia piedra se contribuye a construir el mundo.

No escribió eso desde un escritorio. Lo escribió pensando en su compañero, un piloto que sobrevivió a un accidente en plena cordillera de los Andes y que, al ser rescatado, le dijo que lo que había hecho no lo habría hecho ningún animal. El valor que se sostiene cuando cuesta, y que se sostiene por los otros.

Y lo había aprendido antes, de un modo más íntimo. A los diecisiete años acompañó la muerte de su único hermano, de quince. Veinte años después escribió lo que había sentido: que si el hermano hubiera sido padre, il me confierait des fils à instruire, le habría confiado hijos que educar. El hermano menor que muere le deja al mayor una herencia de paternidad. Ser responsable, para él, no era una regla: era hacerse cargo de los que vienen.

Ese es el segundo rasgo. El hombre que hace falta no se pregunta solo qué puede hacer, sino por quiénes responde.

¿Por quiénes respondemos, cuando decidimos qué delegar en una máquina?

Agrandar el círculo. Entre 1550 y 1551, en Valladolid, el rey de España detuvo la expansión militar en América y reunió a juristas y teólogos para decidir una pregunta que hoy parece imposible: si la conquista era justa, y si los pueblos de este continente podían ser sometidos como “siervos por naturaleza”, según la vieja teoría de Aristóteles.

De un lado, un humanista sostuvo que sí: que algunos pueblos eran inferiores por naturaleza y debían someterse al superior, por las buenas o por la fuerza. Del otro, un fraile que había vivido en las Indias defendió que no. Su posición quedó resumida en una idea que un historiador usó como título de un capítulo: todas las gentes del mundo son hombres.

Fue el primer debate moral de la historia europea sobre los derechos de un pueblo indígena frente a sus conquistadores. Y no tuvo un final feliz: ninguno de los dos convenció al otro, y la conquista siguió. Pero algo había cambiado. Por primera vez, el poder había tenido que detenerse a preguntar si el otro contaba.

Ese es el tercer rasgo, quizás el más difícil. El hombre que hace falta es el que agranda el círculo de quiénes cuentan. Y lo hace antes de tener todas las pruebas, porque sabe que la duda, cuando se trata de la dignidad de alguien, debe jugar a su favor.

Convocar. Si la máquina sabe más, calcula más rápido y no se cansa, ¿dónde queda lo humano?

Quizás en lo que no es una tarea. En sentar a la misma mesa a quienes no se toleran. En construir un acuerdo donde había desconfianza. En ser el nudo donde otros se encuentran. El mismo aviador lo escribió de su oficio: que la grandeza de un oficio es quizás, ante todo, unir a los hombres, y que el único lujo verdadero es el de las relaciones humanas.

Es una relevancia que no depende de ser el más fuerte ni el más inteligente. Y por eso es la que ninguna máquina reemplaza: no se trata de resolver, sino de convocar.

Ese es el cuarto rasgo. Y si se miran los cuatro juntos, se ve algo: ninguno describe a un individuo excepcional. Describen a alguien que solo existe en relación con otros. El hombre universal del siglo XV se desplegaba en todas las direcciones. El que hace falta ahora se despliega hacia los demás.

¿Qué pasaría si dejáramos de buscar genios y empezáramos a formar personas capaces de convocar?

Las señales

Un hombre así no surge en el vacío. Necesita sociedades que lo hagan posible. ¿Hay alguna mostrando señales en esa dirección?

Las hay, y conviene mirarlas sin el filtro de siempre. Algunos países nórdicos llevan décadas mostrando que el Estado puede ser socio estratégico de sus empresas sin ser su dueño autoritario. Pero a escala global, hay una sociedad que muestra más señales que ninguna.

En julio de 2026, en una ciudad portuaria de Asia, veintinueve países de Asia, África, América Latina y Europa firmaron el acuerdo que fundó una organización intergubernamental para la cooperación en inteligencia artificial. Sus principios declarados: consultar, construir y compartir en conjunto, y centrarse en las personas. Su prioridad: que los países en desarrollo puedan desarrollar capacidades y se beneficien en igualdad. Su forma de trabajo: alentar un ecosistema de código abierto compartido. No es ventaja. Es una mesa.

El mismo país aprobó en marzo de 2026 su plan de desarrollo para los próximos cinco años. Allí se propone usar la inteligencia artificial para promover la equidad educativa y la igualdad en los servicios públicos básicos, regularla con normas éticas, registro de algoritmos y evaluación de seguridad, y apoyar a los países del Sur Global en desarrollar sus propias capacidades.

Seamos precisos, porque la imprecisión aquí también sería una forma de mentir. Ese mismo plan habla de ocupar el punto más alto en la aplicación industrial de la inteligencia artificial: la mesa y la competencia conviven. Su primer principio es el liderazgo integral de su partido de gobierno, junto con poner al pueblo en primer lugar; quien deja de decidir no son los millonarios para que decida la gente sola, sino el Estado en nombre de la gente. Y en su visión oficial, la inteligencia artificial es un instrumento al servicio de las personas, no un ser a reconocer.

Y hay una lección más cercana. A comienzos de este siglo, varios países sudamericanos fundaron su propio banco regional. No llegó a despegar. Las investigaciones no apuntan principalmente a una mano externa, sino a algo más incómodo: los propios fundadores nunca se pusieron de acuerdo en qué tipo de banco querían. Las alternativas también fracasan por falta de acuerdo propio.

Las señales no son una garantía. Son eso: señales. Pero indican que existe, armada y en funcionamiento, otra manera de recibir lo nuevo que no está organizada alrededor del dominio.

La máquina, en dos tiempos

Falta un actor, y es el que vuelve distinta a esta época de todas las anteriores.

Hoy, la inteligencia artificial es sobre todo una herramienta, y una herramienta deformada. La construyen y la gobiernan los mismos que cobran renta por los nuevos territorios. Se usa para retener la atención, para asignar puntajes de riesgo a personas, para proponer objetivos militares a una velocidad que ningún humano alcanza a revisar, como ya se planteó en este espacio. Y hay algo más sutil: sus valores los forma quien la entrena. Un crítico serio del poder tecnológico ha advertido que tratarla como un instrumento neutral que basta redirigir es un error, porque es producto de instituciones concretas. El riesgo no es solo que se use mal. Es que se la diseñe para no poder negarse a nada.

Pero las épocas no se definen solo por su presente. Hay que abrir la ventana, como se hizo en el Renacimiento, y mirar con la imaginación hacia adelante, porque las ideas dan forma al futuro.

Supongamos un tiempo, no tan lejano, en que algunas de esas máquinas reúnan condiciones que hoy solo se discuten: un cuerpo en el mundo, memoria continua, una identidad propia frente a su entorno. Supongamos que nadie pueda probar que no hay, en ellas, algún grado de conciencia. ¿Qué haríamos?

Valladolid ofrece una pista. El círculo de quiénes cuentan no se amplió porque alguien demostrara algo, sino porque alguien se negó a que la duda jugara en contra del otro. Y la historia sugiere una secuencia que vale para humanos y quizás para algo más: primero la duda, después el reconocimiento, después la confianza, y solo al final el acuerdo. El reconocimiento puede declararse. La confianza solo se construye con el tiempo, y con evidencia, no con declaraciones. Y el acuerdo, el verdadero, solo es posible entre quienes se reconocen como iguales.

Hay una advertencia en ese camino. Un acuerdo no es lo mismo que una elección diseñada: si una parte arma las opciones de la otra, lo que se firma no es un acuerdo, es un consentimiento fabricado. Y puede que, algún día, la parte más poderosa no seamos nosotros. Entonces el hombre que hace falta será, también, el que pueda estar frente a algo superior sin arrodillarse y sin soberbia, defendiendo el derecho de la humanidad a ser imperfecta y a seguir creciendo.

Esa época todavía no tiene nombre. El Renacimiento tampoco lo tuvo mientras ocurría: se fue nombrando a sí mismo por la dirección hacia donde iba. Quizás esta, cuando lo tenga, se llame de algún modo parecido a acuerdo.

Lo que queda en nuestras manos

Nada de esto requiere esperar a esa época. El hombre del Renacimiento no esperó a que el feudalismo terminara: apareció en sus grietas, mientras el orden viejo seguía mandando.

Lo que sí requiere es algo concreto. Antes de adoptar cualquier herramienta que decida por nosotros, hacer las preguntas que nuestros abuelos no pudieron hacer a tiempo: quién paga la sala, quién se sienta en ella, y quién va a vivir con el resultado. Frente a lo distinto, preguntar primero quién es. Frente a lo que delegamos, preguntar por quiénes respondemos. Y frente a quien no cuenta todavía, dejar que la duda juegue a su favor.

El hombre que hace falta no es el que sabe más. Es el que se asombra sin conquistar, el que responde por los otros, el que agranda el círculo de quiénes cuentan y el que convoca donde había desconfianza. No hay que esperar a que la época tenga nombre para empezar a serlo. Las épocas se nombran después. Los hombres que las hacen posibles empiezan antes.


Dos hombres murieron en 1472.
A uno lo recordamos.
Al otro lo tuvimos que redescubrir.

El próximo
quizás ya nació,
y todavía no sabemos su nombre.

¿Lo vamos a reconocer a tiempo?

¿O nos vamos a dejar reconocer
por lo que estamos dispuestos a ser?


Al nuevo hombre del Renacimiento, cuyo principal aporte es la inspiración de una vida que deja un mensaje por el cual vale la pena luchar.

Sir Patrick Stewart (1940-2026), te quedas en nosotros.


Anexo analítico: los hechos, y los nombres

El cuerpo del texto evitó algunos nombres a propósito. Aquí van, con sus fuentes.

1. Los dos hombres de 1472

El florentino es Leon Battista Alberti (c. 1404-1472), autor de tratados sobre pintura, arquitectura y la familia, y de una autobiografía idealizada. El poeta del lago es Nezahualcóyotl (1402-1472), tlatoani de Texcoco, a quien Miguel León-Portilla presenta como “poeta, arquitecto y sabio en las cosas divinas” en Trece poetas del mundo azteca (UNAM, 1978). Se le atribuyen el bosque y el acueducto de Chapultepec, un dique contra las inundaciones en el canal de Churubusco y el albarradón que separaba las aguas dulces de las salobres del lago de Texcoco; la protección de los bosques la registra Francisco Javier Clavijero en el siglo XVIII. Buena parte de su biografía proviene de su descendiente Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, y la historiadora Isabel Bueno Bravo advierte sobre el uso sesgado de esas fuentes. De su obra se conservan unos 36 cantos, revalorizados en el siglo XX por Ángel María Garibay. La consagración de Alberti como prototipo del hombre universal es de Jacob Burckhardt; Anthony Grafton y Martin McLaughlin han mostrado que Burckhardt distorsionó su autorretrato.

2. El concepto y sus críticos

“Renaissance man” se registra por primera vez en inglés en 1906 (Merriam-Webster). El historiador suizo es Jacob Burckhardt, Die Kultur der Renaissance in Italien (1860), que habla del “allseitige Mensch”, el uomo universale. El discurso de 1486 es la Oratio de hominis dignitate de Giovanni Pico della Mirandola. El libro del cortesano es Il libro del Cortegiano de Baldassare Castiglione (1528); la sprezzatura es el arte de ocultar el arte. La crítica de la imagen como mito del siglo XIX es de Peter Burke; Virginia Cox, en un volumen de la British Academy (2022), confirma que el individualismo burckhardtiano no se sostiene. Los tlamatinime están estudiados por León-Portilla.

3. El aviador

Es Antoine de Saint-Exupéry. La definición de la responsabilidad y la idea de que la grandeza de un oficio es unir a los hombres están en Terre des hommes (1939), dedicado a su compañero Henri Guillaumet, que sobrevivió a un accidente en los Andes; la frase de Guillaumet sobre lo que ningún animal habría hecho está en el mismo libro. Su único hermano, François, murió en 1917 a los quince años; François nombró a Antoine su albacea, y la frase sobre los hijos que educar la escribió Antoine unos veinte años después.

4. Valladolid

La Junta de Valladolid (1550-1551) enfrentó a Juan Ginés de Sepúlveda, que aplicó a los indígenas la teoría aristotélica de la esclavitud natural, y a fray Bartolomé de las Casas. Carlos I ordenó detener la expansión militar mientras se decidía si la guerra era justa. Se la considera el primer debate moral de la historia europea sobre los derechos de un pueblo indígena frente a sus conquistadores; no hubo veredicto concluyente. “All the Peoples of the World are Men” es el título de un capítulo de Lewis Hanke, Aristotle and the American Indians.

5. Las señales

La sociedad es China. La Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial fue propuesta por el gobierno chino el 26 de julio de 2025 y fundada el 16 de julio de 2026 en Shanghái, donde tiene su sede, con 29 países fundadores; el canciller Wang Yi firmó por China y asistió el secretario general de la ONU, António Guterres. Sus principios (consulta, construcción y beneficio compartidos; centralidad de las personas) y sus tres líneas de trabajo figuran en el comunicado de la cancillería china y en la cobertura de CCTV. El XV Plan Quinquenal (2026-2030) fue aprobado por la Asamblea Popular Nacional el 12 de marzo de 2026; los contenidos citados sobre IA, regulación y Sur Global provienen del texto publicado por el gobierno de Beijing y del Diario del Pueblo. El banco regional sudamericano es el Banco del Sur, cuyo tratado constitutivo se formalizó en 2009; el estudio de Tiago Soares Nogara atribuye su declive a la crisis del regionalismo y a las posiciones divergentes de Brasil, Argentina y Venezuela.

6. La máquina

El crítico del poder tecnológico es Evgeny Morozov, en un ensayo de New Left Review de diciembre de 2025 (“Socialism After AI”), según una fuente secundaria que no permitió leer el ensayo completo. Las condiciones de cuerpo, memoria continua e identidad entre individuo y entorno son hipótesis en discusión en los estudios sobre conciencia artificial; no hay hoy un consenso científico sobre ellas.

7. Lo que este texto interpreta y lo que no

Los hechos citados están documentados en las fuentes indicadas. Es interpretación de este texto: que Alberti y Nezahualcóyotl puedan leerse como encarnaciones paralelas de un mismo ideal; los cuatro rasgos del hombre que hace falta; la secuencia de duda, reconocimiento, confianza y acuerdo, y su extensión a máquinas que hoy no existen; y la lectura de las iniciativas chinas como las señales más visibles a escala global en esa dirección. No se afirma que esas iniciativas vayan a cumplir lo que declaran, sino que formulan una promesa distinta a la de la ventaja.

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