¿Lo vamos a ver venir?

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El feudalismo no terminó por decreto: se fue deshaciendo en sus grietas.

En 1351, el Parlamento de Inglaterra aprobó una ley contra la escasez. No de trigo ni de oro: de trabajadores. La peste acababa de matar a una parte enorme de la población, y quienes sobrevivieron descubrieron algo nuevo. Si faltaban brazos, podían pedir más por los suyos.

La ley respondió fijando un salario máximo: el mismo que se pagaba en 1346, antes de la peste. Obligaba a aceptar el trabajo ofrecido y prohibía dejar la parroquia en busca de mejores condiciones. Un año después, el propio Parlamento registraba que se seguían pagando salarios del doble y el triple. A quienes huían, podían marcarlos en la frente con una F.

Conviene detenerse aquí. No para juzgar a un parlamento de hace casi siete siglos, sino para leer despacio lo que acababa de ocurrir. El mundo había cambiado de raíz en cinco años, y la primera reacción de quienes tenían el poder no fue entender el cambio. Fue intentar congelarlo por ley.

Ese gesto se repite. Por eso vale la pena saber cómo terminó aquella historia, cuánto duró y cuánto costó. Porque esta vez, a diferencia de entonces, quizás podamos verla venir.

El hambre y la peste

La Europa feudal no llegó a la peste en buena forma. En la primavera de 1315 empezó a llover y no paró. Las cosechas se pudrieron durante tres años seguidos, y la Gran Hambruna se llevó entre un diez y un quince por ciento de la población del sur de Inglaterra y cerca de un diez por ciento del norte de Francia. Fue el final abrupto de dos siglos y medio de crecimiento.

Los únicos registros de vida confiables de la época son los de los poderosos, y ni siquiera ellos se salvaban. Según los registros de la familia real inglesa, la esperanza de vida al nacer de sus miembros era de unos 35 años en 1276. Durante la hambruna bajó a menos de 30. Durante la peste, a 17.

Si así vivían los reyes, conviene imaginar al siervo: un campesino que trabajaba sin paga las tierras de un señor a cambio de vivir en ellas y de su protección, y que no podía irse sin su permiso. No era esclavo, pero tampoco era libre. Era parte del paisaje que el señor poseía.

Entre 1347 y 1351, la peste negra mató, según las estimaciones modernas, entre un tercio y la mitad de la población europea. Florencia pasó de más de cien mil habitantes a cincuenta mil. En Inglaterra desaparecieron cerca de mil aldeas, y hacia 1400 su población era la mitad de lo que había sido un siglo antes.

Nadie entendía qué estaba pasando. Y cuando el miedo no encuentra una causa, suele encontrar un culpable. Se culpó a los judíos de propagar la peste, y comunidades enteras fueron asesinadas por turbas o quemadas en masa. No fue un desvío de la crisis: fue una de sus formas. El poder que no podía explicar la muerte necesitaba a alguien distinto a quien atribuírsela.

¿A quién se señala hoy como culpable de lo que todavía no entendemos?

Congelar lo que ya cambió

La ley de 1351 no fue un caso aislado. En toda Europa, los señores intentaron detener por decreto lo que la peste había desatado, y la respuesta fue sangre.

En 1358, cuando los impuestos para la guerra cayeron sobre los más pobres, los campesinos franceses se levantaron en lo que se llamó la Jacquerie. Durante semanas la nobleza estuvo a la defensiva. Después se unió y reprimió el levantamiento con una ferocidad sin piedad.

En 1381, un impuesto por cabeza encendió Inglaterra. Miles de campesinos, artesanos y pobres de las ciudades marcharon sobre Londres. El rey, un adolescente, se reunió con sus líderes, les prometió cartas de libertad y luego los engañó: el levantamiento fue aplastado con terrible ferocidad.

En 1378, en Florencia, los cardadores de lana, los ciompi, tomaron el gobierno y pusieron a uno de los suyos en el cargo ejecutivo más importante de la ciudad. Fue, por unas semanas, uno de los gobiernos más democráticos de la historia florentina: por primera vez estaban representadas todas las clases. El 31 de agosto fueron dispersados en la plaza. Su gremio fue abolido, y en cuatro años los grandes gremios recuperaron el dominio.

Y sin embargo, el congelamiento fracasó. La ley de 1351 nunca se pudo hacer cumplir. Después de 1381, la nobleza inglesa intentó restaurar las obligaciones de la servidumbre y no lo logró. Hacia 1500 la servidumbre como condición personal casi había desaparecido en Inglaterra, y los últimos siervos fueron liberados en 1574.

Congelar no detuvo el cambio. Solo lo volvió más lento, y mucho más caro en vidas.

Hay un detalle de esta historia que casi nunca se cuenta, y que lo cambia todo.

La peste golpeó a toda Europa. En el occidente, debilitó la servidumbre. En el oriente, la fortaleció. Al este del Elba, a partir del siglo XV, los campesinos fueron perdiendo la libertad de moverse que antes tenían, y los historiadores llaman a ese proceso la “segunda servidumbre”. El historiador Jerome Blum lo atribuyó a la creciente influencia política de la nobleza en esos territorios y a sus privilegios económicos.

El mismo golpe, entonces, dio desenlaces opuestos. No lo decidió la peste. Lo decidió quién tenía poder para interpretarla.

Y el desenlace tardó. Francia abolió los derechos feudales de la nobleza la noche del 4 de agosto de 1789. En Rusia, el censo de 1857 contaba 23,1 millones de siervos privados; la abolición llegó recién en 1861. Entre la peste y el último siervo europeo pasaron cinco siglos.

Hay algo más. La nivelación que produjo la peste no fue permanente. Cuando la población se recuperó, la presión volvió, y un siglo después las clases bajas enfrentaban otra vez privación y hambre. La ventana que abre una crisis no queda abierta para siempre.

¿Qué decide el desenlace: la crisis, o quién tiene el poder de interpretarla mientras la ventana sigue abierta?

Lo nuevo nació en las grietas

Lo que vino después no llegó cuando el feudalismo terminó. Llegó mientras el feudalismo todavía mandaba, en los lugares donde el señor pesaba menos.

En las ciudades italianas, quienes gobernaban eran comerciantes, banqueros y gremios de oficios. En Florencia, los gremios de la lana y de la seda encargaron la mayor parte de las obras públicas de las primeras décadas del siglo XV. Entre 1420 y 1436, un orfebre llamado Filippo Brunelleschi levantó sobre la catedral una cúpula que muchos consideraban imposible: al terminarla, era el edificio más grande y más alto de Europa.

El dinero aprendió a viajar sin moverse. El banco de los Medici, fundado en 1397, no inventó la letra de cambio ni la contabilidad de partida doble, que ya existían; las volvió práctica común. Un comerciante podía depositar en Brujas y cobrar en Roma sin arriesgarse a cargar monedas por caminos llenos de bandidos.

El saber volvió a circular. Petrarca consiguió en 1348 un manuscrito de Homero y murió sin haber podido leerlo, porque nadie a su alrededor sabía griego. Cuando un sabio de Constantinopla, Manuel Crisoloras, llegó a enseñarlo a Florencia en 1397, uno de sus alumnos escribió que nadie había estudiado griego en Italia en setecientos años.

Y el saber, además, se multiplicó. Entre 1452 y 1460 se imprimieron en Europa unos cincuenta títulos. En la última década de ese siglo, más de trece mil. Hacia 1500, según una estimación, circulaban veinte millones de libros impresos en un continente de unos setenta millones de habitantes.

Nada de esto fue decretado. Nadie convocó al Renacimiento. Fue apareciendo en los márgenes, mientras el orden viejo seguía firmando leyes para que todo quedara como estaba.

Del otro lado del océano

Mientras Europa se debatía entre el hambre y la peste, de este lado del océano otra historia estaba empezando.

La fecha que más repiten las crónicas para la fundación de Tenochtitlan es 1325: diez años después de que empezara la Gran Hambruna, veintidós antes de que llegara la peste. Dos siglos más tarde era una ciudad atravesada por canales, recorrida en canoa, con agua potable traída por acueducto desde los manantiales de Chapultepec. Los responsables de cada barrio se encargaban de la limpieza, había braseros para quemar la basura y un sistema de letrinas, y sus habitantes acostumbraban bañarse dos veces al día.

Cuando los españoles la vieron por primera vez, en 1519, Hernán Cortés escribió que era tan grande como Sevilla y Córdoba, con una plaza que doblaba a la ciudad de Salamanca. Uno de sus soldados, Bernal Díaz del Castillo, dijo que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan las novelas de caballería.

En los Andes, a partir de 1438, el inca Pachacútec impulsó caminos, canales y templos, y entre 1450 y 1480 se levantó Machu Picchu. El camino principal del Tawantinsuyu llegaba desde el sur de lo que hoy es Colombia hasta el río Maule, en el centro-sur de lo que hoy es Chile, y la red completa superaba los veinte mil kilómetros. A lo largo de ella había depósitos, las qollqas, donde se guardaban alimentos, ropa y otros bienes.

No eran paraísos. El poder de Tenochtitlan se sostenía con los tributos de los pueblos conquistados, y los mismos cronistas describen los sacrificios. El Tawantinsuyu también se expandió por la conquista. Pero eran civilizaciones en pleno florecimiento: construían, organizaban, almacenaban, pensaban.

Y la peste tampoco fue solo europea. En Túnez, la de 1348 se llevó a los padres de un joven de diecisiete años llamado Ibn Jaldún. Décadas después, en su obra fundacional sobre la historia de las sociedades, escribió que la civilización había disminuido al disminuir la humanidad.

Entonces llegó Europa.

Un estudio de la University College London, publicado en 2019, reunió más de cien estimaciones regionales y calculó que en América vivían unos sesenta millones de personas en 1492. En el siglo siguiente, las epidemias traídas por los europeos eliminaron alrededor del noventa por ciento: unos cincuenta y seis millones de muertos hacia 1600, cerca del diez por ciento de la población mundial de la época. La peste negra, en comparación, mató alrededor de un tercio de los europeos.

En Tenochtitlan, la viruela llegó en 1520 con una expedición española y se quedó unos sesenta días. Mató a Cuitláhuac, el sucesor de Moctezuma, que había asumido para encabezar la resistencia. Y no fue la peor: en la epidemia de 1576, en el centro de México, murieron cuatro de cada cinco personas.

Conviene detenerse otra vez, porque aquí la historia se dobla sobre sí misma. El renacer de Europa coincidió con la gran mortandad de América. Justo cuando este lado del mundo empezaba a brillar con luz propia, la cura de unos se convirtió en la peste de otros.

Y hubo, además, alguien de este lado del océano que encarnaba todo lo que Europa llamaría después “hombre del Renacimiento”. La historia que nos contaron no lo incluyó. De él, y del hombre que hace falta hoy, trata el próximo texto.

¿Qué renacer queremos esta vez, si el anterior se pagó con la vida de otros?

El feudo de nuestro tiempo

Nada de lo anterior serviría de mucho si fuera solo historia.

Piensa en cuántas de tus transacciones del último mes pasaron por un puñado de plataformas. La tienda donde compraste, la aplicación con que pagaste, la red donde te informaste, el servicio donde guardas tus archivos. Ninguna de ellas te vendió nada propiamente. Te dio acceso. Y por ese acceso cobra: una comisión al comerciante, un porcentaje al que vende, una suscripción a ti, o algo más difícil de ver: tu atención y tus datos.

Hay pensadores serios que miran esto y ven algo más que un mercado. Un economista que fue ministro de Finanzas de su país sostiene que esas plataformas ya no funcionan como empresas que compiten en un mercado, sino como feudos: territorios a los que todos deben entrar y por los que todos pagan una renta. Los empresarios tradicionales, dice, siguen ganando dinero, pero pasaron a ser vasallos de los dueños de esos territorios. Y el resto de nosotros, cada vez que publicamos, buscamos o compartimos, trabajamos para ellos sin cobrar.

Antes que él, un profesor de economía política de la Universidad de Ginebra había descrito lo mismo con otra imagen: los capitales abandonan la producción para concentrarse en la depredación, y las personas quedan atadas a una suerte de tierra digital de la que no pueden salir. Otros pensadores, igual de rigurosos, les responden que esto sigue siendo capitalismo, solo que en una forma más concentrada. La discusión sobre el nombre es legítima. Para lo que importa aquí, importan más las señales.

Y las señales se parecen demasiado.

El golpe que cambia la balanza. La peste volvió escasos a los trabajadores, y la escasez les dio poder para negociar. La inteligencia artificial hace lo contrario: vuelve abundante una parte creciente del trabajo, y el poder de negociar se desplaza hacia quien es dueño de las máquinas. Los trabajos de entrada, los que permitían a una generación aprender haciendo, son los primeros en ser absorbidos, como ya se planteó en este espacio.

El congelamiento. En enero de 2026, Chile firmó la concesión de un cable submarino que habría conectado al continente con Asia por una ruta que no pasaba por jurisdicción estadounidense. Cuarenta y ocho horas después, el decreto fue anulado; semanas más tarde, Washington revocó las visas de tres funcionarios chilenos por haberlo tramitado. La alternativa se bloqueó antes de existir. Como en 1351, no se discutió el cambio: se prohibió.

El chivo expiatorio. En abril de 2026, la empresa que construye sistemas de inteligencia artificial para ejércitos y agencias migratorias publicó que algunas culturas son “regresivas y disfuncionales”. No es retórica: esa clasificación alimenta software que asigna puntajes de riesgo a personas. Cuando el poder no puede o no quiere explicar lo que está ocurriendo, vuelve a señalar al distinto.

Las grietas. Y también, como entonces, hay márgenes donde lo nuevo ya está ocurriendo. Modelos de inteligencia artificial publicados con licencias abiertas que cualquier país puede descargar. Empresas que nacen con un diseño que vuelve imposibles ciertas decisiones extractivas. Sociedades enteras ensayando otras formas de gobernar la misma tecnología.

¿Estamos en 1351, o estamos en la víspera de 1381?

Esta vez lo sabemos

Hay una diferencia entre aquel tiempo y este, y es la que justifica todo lo anterior.

En 1351 nadie podía ver el patrón. El campesino que huía de su parroquia no sabía que estaba viviendo el comienzo del fin de un orden que tardaría cinco siglos en caer. El parlamentario que votó la ley no sabía que estaba votando contra la marea. Nadie tenía el mapa.

Nosotros sí lo tenemos. Sabemos que el orden viejo intenta congelar lo que ya cambió, y que el congelamiento no detiene el cambio: solo lo encarece. Sabemos que el miedo busca culpables distintos. Sabemos que lo nuevo nace en las grietas, antes de que lo viejo termine. Sabemos que el mismo golpe puede liberar o encadenar, según quién tenga el poder de interpretarlo. Y sabemos que la ventana se cierra.

Pero saber no es suficiente. Ya lo vimos en este mismo espacio: podemos llegar a saber algo y no llegar a integrarlo, archivarlo como dato del pasado sin dejar que toque el presente.

La historia del feudalismo no es una curiosidad medieval. Es un mapa. Muestra cómo se deshace un orden que concentra el poder y cobra renta por existir: lentamente, en sus márgenes, con mucho dolor cuando quienes mandan eligen congelar en lugar de entender. Esta vez tenemos el mapa antes de recorrer el camino. Lo que todavía no sabemos es si lo vamos a usar, o si vamos a dejar que pasen otros cinco siglos.


Las señales ya están aquí.
No hay que inventarlas.
Solo hay que querer verlas.

Una ley que congela.
Un culpable distinto.
Una grieta por donde entra la luz.

¿Lo vamos a ver venir?

¿O vamos a girar la mirada
hasta que sea tarde otra vez?


Anexo analítico: los hechos, y los nombres

El cuerpo del texto evitó algunos nombres a propósito. Aquí van, con sus fuentes.

1. La ley de 1351 y las revueltas

El Estatuto de los Trabajadores (Statute of Labourers) fue aprobado por el Parlamento de Inglaterra bajo Eduardo III en 1351, reforzando una ordenanza de 1349. Fijó salarios máximos al nivel de 1346 y restringió la movilidad de los trabajadores. Fue mal aplicado y no detuvo el alza de salarios, y se lo cuenta entre las causas de la Revuelta de los Campesinos de 1381. Los registros parlamentarios de 1352 con salarios del doble y el triple, y la marca con una F a los fugitivos, provienen de Barbara Tuchman, A Distant Mirror (1978), citada por Timothy Noah. Un matiz: los salarios reales subieron de manera significativa recién varias décadas después de la primera peste.

La Jacquerie (1358), la Revuelta de los Campesinos (1381) y su represión están descritas en McKay y otros, A History of Western Society y Understanding Western Society. La Revuelta de los Ciompi (22 de julio al 31 de agosto de 1378) llevó al cardador Michele di Lando al cargo de gonfaloniero de justicia; según Britannica, fue por primera vez un gobierno que representaba a todas las clases de la sociedad.

2. El hambre y la peste

Gran Hambruna de 1315-1317: pérdidas de 10 a 15% en el sur de Inglaterra y cerca de 10% en el norte de Francia; marcó el fin del crecimiento iniciado hacia 1050. La esperanza de vida en la familia real inglesa (35,28 años en 1276; 29,84 entre 1301 y 1325; 17,33 entre 1348 y 1375) proviene de los registros citados por la entrada correspondiente; está sesgada por la mortalidad infantil. Peste negra: entre un tercio y la mitad de la población europea según estimaciones modernas; Florencia pasó de 110.000-120.000 habitantes en 1338 a 50.000 en 1351. Inglaterra: cerca de mil aldeas desaparecidas y la mitad de la población hacia 1400, según Britannica. Persecución de los judíos: Britannica, “Black Death: Effects and significance”.

3. Las grietas

Gremios y obra pública en Florencia, y la cúpula de Santa María del Fiore (1420-1436), el edificio más grande y alto de Europa al completarse: World History Encyclopedia. El banco Medici (1397-1494) estandarizó y difundió la partida doble y la letra de cambio, que eran anteriores a él. Petrarca y el manuscrito de Homero (1348): Royal Holloway, University of London. Crisoloras en Florencia (1397-1400) y el testimonio de Leonardo Bruni sobre los setecientos años sin estudio del griego. Imprenta: 51 títulos entre 1452 y 1460, 13.004 en la década de 1490 y unos 28.000 hacia 1501 según el Incunabula Short Title Catalogue de la British Library, citado por Kansas State University; la estimación de veinte millones de libros para unos setenta millones de habitantes proviene de la literatura sobre la difusión de la imprenta.

4. La segunda servidumbre

La servidumbre declinó en Europa occidental en los siglos XIV y XV y se fortaleció en Europa central y oriental a partir del siglo XV. Jerome Blum atribuyó ese contraste a la creciente influencia política y los privilegios económicos de la nobleza oriental. Inglaterra: los últimos siervos fueron liberados por Isabel I en 1574. Francia: decretos del 4 de agosto de 1789. Rusia: 23,1 millones de siervos privados en el censo de 1857; abolición el 19 de febrero de 1861 (calendario juliano). La reversión de la nivelación un siglo después de la peste: entrada “Consequences of the Black Death”, que cita a Walter Scheidel.

5. América y el mundo

Tenochtitlan: fundación tradicional en 1325 (año 2-Casa); acueducto desde Chapultepec; limpieza a cargo de los barrios, braseros, letrinas y baños diarios según México Desconocido; su población en 1519 es incierta, con estimaciones de 200.000 a 300.000 habitantes. La comparación con Sevilla, Córdoba y Salamanca es de Cortés; la de las “cosas de encantamiento” del Amadís, de Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. El contraste que a veces se hace con las aguas negras de las ciudades europeas es una lectura moderna, no una cita de los cronistas.

Tawantinsuyu: Pachacútec gobernó entre 1438 y 1471; Machu Picchu se construyó entre 1450 y 1480; el camino principal llegaba hasta el río Maule; la red superaba los veinte mil kilómetros según Memoria Chilena (las cifras varían mucho entre fuentes); las qollqas, según una revisión del INAH. Ibn Jaldún perdió a sus padres en la peste de Túnez de 1348-1349, a los diecisiete años; su Muqaddimah es considerada fundacional de la historia como ciencia social.

La gran mortandad: Alexander Koch, Chris Brierley, Mark Maslin y Simon Lewis, “Earth system impacts of the European arrival and Great Dying in the Americas after 1492”, Quaternary Science Reviews, vol. 207, 2019. A partir de 119 estimaciones regionales calculan 60,5 millones de habitantes antes de 1492 y una pérdida de alrededor del 90% en el siglo siguiente: unos 56 millones de muertos hacia 1600. La viruela de 1520 y la muerte de Cuitláhuac: Noticonquista, UNAM. La epidemia de 1576: El Universal, citando a especialistas; las cifras de población del centro de México antes de la conquista siguen en discusión, con estimaciones que van de tres a treinta millones.

6. Los pensadores del feudo digital

El economista y ex ministro de Finanzas es Yanis Varoufakis, ministro de Grecia en 2015, en Technofeudalism: What Killed Capitalism (2023; en español, Tecnofeudalismo: el sigiloso sucesor del capitalismo, Deusto, 2024). Allí llama “capital en la nube” a la infraestructura de las plataformas, “renta de la nube” a lo que cobran, y “tecnofeudalismo” al sistema resultante. El profesor de la Universidad de Ginebra es Cédric Durand, en Techno-féodalisme. Critique de l’économie numérique (2020). La crítica más sistemática es la de Evgeny Morozov, “Critique of Techno-Feudal Reason”, New Left Review 133/134 (2022), que sostiene que el período sigue siendo plenamente capitalista; Durand le respondió en la misma revista. Desde América Latina, Lucas Aguilera y colaboradores plantean la misma objeción en Tecnofeudalismo o nueva fase (NODAL, 2025). Un dato que suele omitirse: según una reseña académica de su libro, Varoufakis presenta al Partido Comunista Chino como una fuerza capaz de contener a los dueños de la nube, aunque también describe a China como el otro gran feudo de un mundo dividido en dos.

7. Lo que este texto interpreta y lo que no

Los hechos históricos citados están documentados en las fuentes indicadas. Es interpretación de este texto: el paralelo entre la ley de 1351 y el bloqueo del cable chileno; la lectura de la inteligencia artificial como un golpe que invierte la escasez que produjo la peste; y la idea de que el desenlace de una crisis lo decide quién tiene el poder de interpretarla, que extiende a nuestro tiempo el análisis de Blum sobre la segunda servidumbre. El término “tecnofeudalismo” se usa aquí como metáfora de estructura (señores, rentas, siervos, grietas), no como tesis de que el capitalismo haya terminado; esa discusión sigue abierta entre los propios especialistas.

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